lunes, 4 de noviembre de 2019

¿Se puede ser peronista anti-k?


En Córdoba, recientemente, se obsevan algunas operaciones de prensa que buscan despegar de Macri los votos a Macri ¡caramba! 

El argumento sostiene que los cordobeses no son macristas sino anti-kirchneristas, y que la intención de votos es una torsión, es decir que opera por negatividad, "en contra de...", "en rechazo a..."

Mediante algunas conjeturas basadas en yuxtaposiciones entre intención de voto, medición de imagen y percepción de la situación actual en el mediano plazo, se busca reconstruir una idea, ya conocida, que retorna con poca novedad. Consultores y periodistas del cordobesismo no demoran en trabajar para instalarla. Se trata de remontar ese lugar interpretado como “intermedio” entre el peronismo y el macrismo, para ubicar allí la isla imaginaria del peronismo anti-k, o mejor dicho, para situar allí a la falsa conciencia peronista. De ese modo, se sobredimensiona un puñado de electores por sobre el total de votantes a Macri, y se niega un comportamiento político que, en definitiva, es lo que es: una expresión antiperonista.

Esta idea retorna, sin dudas, para acotar el espacio de las mayorías y disminuir el margen de seducción del gobierno nacional sobre la clase política provincial, basando los argumentos en supuestos de especificidad y localía. Si se recorre esta senda como racional, la provincia quedará nuevamente aislada del plan de gobierno nacional, por la inhibición a las articulaciones políticas y culturales posibles, fruto de este disciplinamiento que ejerce la operación mediática.

Más allá de las necesidades particulares o incluso de las creencias de quienes lo enuncian así, lo cierto es que este enfoque niega los estudios sobre kirchnerismo realizados del 2007 a la fecha, como también revela una miopía frente a los gestos políticos que actualizan los estudios sobre el gobierno anterior a Macri en clave de reactualización del clivaje peronismo-antiperonismo.

Parece que hay que decirlo, escribirlo, insistir con la afirmación lógica: el kircherismo es peronismo, y si alguien es anti-k es antiperonista, ergo macrista (o otra cosa pero no peronismo). 

Fernando Chavez, Dr. en Ciencias políticas, sostiene, de un modo profundamente argumentado en su trabajo de tesis doctoral,  que la categoría de clivaje es descentrada y sobredeterminada, por lo cual su carácter persistente no tiene la forma de una repetición sino de una iteración. Lo que nos permite explicar porque el kirchnerismo no es sino un peronismo reactualizado. 

Dice Chavez: " “ (...) No hay lo verdadero o esencial en los polos del clivaje que se reproduzca de manera literal en todo momento. Lo que tenemos ahora son atravesamientos, desplazamientos y condensaciones que van moldeando y extendiendo el sentido del clivaje transgrediendo sus usos primigenios. Como efecto de esto, el clivaje ya no puede ser encapsulado en un conjunto de tópicos que le serían nucleares sino que discurre hacia temáticas diversas poniendo en evidencia el intento siempre fallido por limitarlo (…) Debemos pensar al kirchnerismo como un proceso político, no como una relación de exterioridad con el peronismo o un conjunto de dirigentes que hacen uso instrumental de las banderas del peronismo. El kirchnerismo es una experiencia durante la que se reactiva el clivaje peronismo-antiperonismo y se desplazan sus significaciones excediendo la literalidad. (…)” 

Volver instalar algo así como una "ancha avenida al medio", donde viven, por ejemplo, los insulares cordobeses, es ponerle techo a la integración de la provincia a un plan político mejor articulado que los anteriores con una clara subestimación de la idea de clivaje. Estos contorsionismos conceptuales y políticos que vuelven vestidos de análisis racionales (sic) redundan en una reactivación del antagonismo del peor: basado en parcialidades, prejuicios de género, problemas de estilo, etc. En síntesis, y para cerrar, sostenemos que hablar de peronismo anti-k es una estrategia con la cual las elites políticas locales deciden en función de sus intereses de qué manera trazar la frontera en el escenario político.

martes, 29 de octubre de 2019

Lecturas posibles sobre los resultados provisorios




El domingo fueron las elecciones Generales y, al parecer, las mediciones volvieron a fallar. Los valores promedio de un conjunto de encuestas que anduvieron en circulación, elaboradas y difundidas por diferentes agencias de investigación de opinión pública, para el total nacional, fueron: Alberto Fernández 52.6%, Mauricio Macri 32.6%, Roberto Lavagna 7.9%. Así también las bocas de urnas que circularon midieron, en promedio, AF 51.5% MM 36% y RL 7.5%.
Esta falta de aciertos podría interpretarse como señal de que el sector de la investigación política electoral ad hoc es como cualquier otro puñado de PyMEs en contextos críticos. Precarizadas, vapuleadas, exigidas a dar respuestas predictivas sin las herramientas suficientes, las consultoras una vez más alcanzan a medir a la población que responde encuestas sin lograr interrogar a quienes por diversos motivos no responden encuestas. Eso redunda en que los resultados obtenidos sean, en la mayoría de los casos, similares entre sí, ya que las diferentes mediciones promedian en un rango no tan elástico, pero diferentes respecto de la realidad. El riesgo latente se vuelve más manifiesto: los muestreos están “panelizados” y el alcance de las mediciones, en términos de diversidad subjetiva, es acotado. Es eso, o lo que fallan son los escrutinios y no las encuestas.
El hecho de que en las PASO el sesgo haya sido más favorable a Macri, mientras que para las Generales arrojaron un resultado más generoso para Fernández, demuestra que algunos de los problemas están vinculados a las herramientas de trabajo de campo, mientras que otros están vinculados al uso creativo y político que se hace con esos resultados imprecisos. Es en este escenario donde debemos pensar y reformular el rol de la investigación predictiva de resultados electorales y su uso entre los usuarios del campo político. En ese sentido afirmamos, nuevamente, que los números extraídos de las estadísticas sociales no son, bajo ningún punto de vista, una verdad revelada pero si son francos orientadores. Las revelaciones se ubican en la capacidad de analizar dicho dato articuladamente, pensarlo situado en el contexto social, político, y sobre todo histórico. Es decir, las revelaciones son, o deberían ser, interpretaciones del fenómeno en toda su complejidad. Por ello, es válido pronunciarse, desde una editorial como la nuestra, el día después de las elecciones, identificando varios interrogantes que los resultados despiertan y que nos urge responder. En esta oportunidad nos centraremos en dos preguntas: ¿por qué acortó distancia Macri?, ¿por qué sucede lo que sucede en Córdoba?


Acortando distancias

Si bien es mejor esperar los resultados definitivos para el análisis fino, a partir del escrutinio provisorio (que tiene los datos del 97.13% de las mesas) podemos estimar que MM tuvo 2.6 millones de votos más que en las PASO, lo que resultó equivalente a unos 7 puntos más. AF tuvo unos 600.000 votos más que en las PASO, pero que resultaron en un punto menos al ampliarse la base de votantes. Hubo unos 2 millones de nuevos votantes y unos 300.000 que votaron a candidatos que no pasaron las PASO. 
Podemos estimar que de esos 2.6 millones, 400.000 fueron votantes de Lavagna en las PASO y otros 400.000 lo fueron de Espert y Gómez Centurión. El restante 1.8 millones debieron venir de nuevos votantes y de los que no pasaron las PASO. Queda claro que MM capturó una amplia mayoría de los nuevos votantes, podemos estimar unos 1.7 millones. Así mismo, estimamos que la mitad de los 600.000 votos extra que tuvo AF provinieron de votantes de la izquierda en las PASO mientras que la otra mitad de nuevos votantes.   
¿Cuales fueron los resortes para que MM creciera? Si tomamos la campaña como orientador de la búsqueda de respuestas encontramos a Macri: 1. Abandonando sus función de presidente para pasar el tiempo exclusivamente siendo candidato en la gira arengadora “Sí se puede”. 2. Volviendo a hacer anti-kirchnerismo explícito, o más aún, anti-cristinismo; lo que implicó un corrimiento de la amenaza que buscaba fundar miedo y el retorno al recurso del odio. 3. Asumiendo su posición en contra del derecho al aborto, declarándose pañuelo celeste, a favor de las dos vidas (sic).
Estos ejes que caracterizaron la comunicación de campaña pueden entenderse, en una lectura rápida, como mensajes desprovistos de novedad. Mensajes para los propios, hechos para blindar el electorado con contenidos colmados de redundancias. Sin embargo, lo cierto es que Macri no solo confirmó su núcleo duro sino que también logró extender su alcance electoral. Creció 7 puntos respecto a las PASO 2019 y 6 puntos respecto de las Generales 2015. Esto indica que, al parecer, hay en este mensaje alguna novedad. Planteamos como hipótesis que la novedad que vino a traer la campaña del oficialismo, entre las PASO y las Generales, se situó en la radicalización de posiciones. Un radicalización que organizó el campo ideológico y conceptual del macrismo de modo tal que, por ejemplo, nadie en contra del derecho a abortar pudo dudar de que el candidato afín con mayores chances no era Gómez Centurión, y tampoco nadie pudo dudar de que el antiperonista neoliberal mejor posicionado sería Macri y no Espert. Se funda así, por sobre la polarización, un bipartidismo: a la derecha de Macri la pared. Macri mediante la radicalización de su mensaje logra cooptar electores que votaron otras figuras como también logra llamar a participar a nuevos electores. Complementariamente, podemos decir que las dos figuras que exacerbaron posiciones anti - aborto y neoliberales hicieron una concesión: Espert y Gómez Centurión prepararon al electorado para la migración de votos hacia Macri, inhibiendo así la fuga de electores hacia otros espacios, electores que probablemente hayan sentido en carne propia el deterioro de la calidad de vida.
Otro punto importante que hay que destacar fue como se dió el incremento de la participación. Consideramos que más personas asistieron a votar producto del imponente trabajo territorial que el oficialismo desplegó. Los “defensores del cambio” trabajaron de un modo mucho más organizado que los “voluntarios” del 2015, se movilizaron los aparatos municipales y se promovió el acceso a las urnas a personas mayores de 65 años, entre otras poblaciones que incrementaron su participación promedio (privados de la libertad, hospitalizados).


Qué te pasa Córdoba

En el caso de Córdoba, MM obtuvo unos 380.000 votos más que en las PASO mientras que AF tuvo apenas unos 20.000 votos más. En puntos porcentuales, MM creció 11 puntos mientras que AF bajó 2 puntos. Hubo unos 260.000 votantes nuevos y unos 30.000 que votaron a candidatos que no pasaron las PASO. Podemos estimar que de esos 380.000 que sumó Macri unos 60.000 vinieron de votantes de Lavagna en las PASO, unos 50.000 de votantes de Espert y Gómez Centurión, y unos 10.000 de los que votaron a otras fuerzas que no pasaron las PASO. Como a nivel nacional, MM capturó a una amplia mayoría de los votantes nuevos, a primera vista prácticamente los 260.000. Sin embargo, llama la atención que AF sólo haya sumado 20.000 votos, cuando hubo unos 30.000 votantes de las facciones de izquierda en las PASO (FIT y MAS) que no volvieron a votar a esos espacios en las Generales ¿Hubo más de 10.000 de estos votos que finalmente fueron a Macri?¿Fueron quizás a Lavagna y la transferencia Lavagna-Macri fue aún mayor? ¿No hubo prácticamente ningún votante nuevo que haya votado a AF? Resulta arriesgado suponer que un electorado de izquierda en las PASO haya cambiado su voto de esta manera, pero también resulta extraño que Alberto Fernández no haya conseguido una fracción mínimamente relevante de los 260.000 nuevos votantes. Si la proporción fuera como a nivel nacional deberían haber habido unos 40.000 votantes nuevos para AF. Quizás la respuesta sea que efectivamente en Córdoba una parte de los votantes de AF en las PASO fueron con Macri o con Lavagna (quien a su vez debería haber transferido más votos que los que estimamos a Macri) en las Generales y que la afluencia de otros votantes de izquierda y de votantes nuevos apenas compensó este singular movimiento. Movimiento que se podría corroborar con más análisis sobre los resultados definitivos por mesa y que, probablemente, demostraría que el electorado de AF es aún un electorado dinámico, en transformación, de fronteras porosas, y que el Frente de Todos es una marca política con las puertas abiertas. Hay un núcleo duro, pero también hay una extensa zona de grises.

Por último, otro dato a destacar es la foto de la performance electoral de Hacemos por Córdoba respecto de las PASO. HxC tuvo apenas 30.000 votantes nuevos, sobre una base de 240.000 votantes nuevos para las listas de diputados, lo que significó obtener 0,6 puntos menos. En cuanto a los cortes de boleta, para las listas de diputados tenemos que hubo unos 250.000 cortes en la boleta de Juntos por el Cambio, 170.000 en la del Frente de Todos y 30.000 en la de Consenso Federal. Podemos estimar que unos 200.000 de los cortes en JxC fueron a HxC, mientras que, esencialmente, los 50.000 restantes fueron a Encuentro Vecinal Córdoba. También podemos estimar que 150.000 de los cortes del FdT fueron a HxC, mientras que los 20.000 restantes fueron al FIT. A su vez, estimamos que los 30.000 cortes de la boleta de Consenso Federal fueron esencialmente para HxC. Así cierran los números: 200k+150k+30k dan justamente los 380.000 votos que sacó la lista corta del oficialismo provincial. Por otra parte, la otra lista corta, la de EVC, tuvo justamente 50.000 votos, mientras que el FIT tuvo un corte de boleta a favor de justamente unos 20.000 votos. Este panorama refuerza la idea de caracterizar al cordobesismo como un pacto ciudadano y no como un partido político. Características que dificultan la articulación más allá del territorio provincial. Además, de cara a los debates más importantes por venir (IVE, reforma laboral) el cordobesismo, al parecer, no alcanza a ser del todo necesario. Agregamos a esto, para cerrar, que una campaña cuyo mensaje es posicionar a Córdoba en actitud defensiva, amenazada, tiene a todas luces un techo conceptual y electoral.






sábado, 5 de octubre de 2019

¿Son las PASO una "gran encuesta"?





Se ha instalado bastante la idea de que las elecciones primarias, simultáneas y obligatorias son “una gran encuesta”. En las recientes PASO presidenciales participaron 25.861.050 electores, un 76,35% del total empadronado, lo que indica que, si se la toma como encuesta, el margen de error fue de 0,0197%, algo impensado para cualquier encuesta ad hoc. Si bien podemos decir que las PASO son una medición sumamente precisa de las intenciones de voto de cara a las generales, no podemos, sin embargo, afirmar del mismo modo que sea exacta. Recordemos ambas definiciones: la exactitud es qué tan centrada es la medición con respecto al valor “verdadero”, la precisión es qué tan disperso puede ser el resultado de una medición cuando se mide repetidas veces la misma cantidad. Dicho de otra manera, las PASO son una excelente medición pero de algo que no es exactamente lo que necesitamos medir para predecir el resultado de las Generales.

Decir que las PASO no es una encuesta exacta en este sentido es reconocer que muy probablemente no sucederá exactamente lo mismo en las Generales. El resultado del 27 de octubre no será una mera proyección de los votantes que no participaron o que votaron a algunas de las cuatro listas que no pasaron el filtro del 1.5%. El mero hecho de que no estén presentes estas cuatro listas y que, además, el resultado de la misma sea, ahora sí, “vinculante”, en el sentido de definitorio de los cargos a elegir, hacen a las Elecciones Generales de naturaleza diferente. Esto lo sabemos también a fuerza de experiencia: entre las PASO 2011 y las Generales 2011 se movieron 21 puntos (CFK creció 6 puntos, Binner 7 puntos y Duhalde decreció 6 puntos), y entre las PASO 2015 y las generales 2015 se movieron 8 puntos (Macri creció 4 puntos, Scioli decreció 1 punto y Massa creció 1 punto). Pero fueron tan pocas las ocasiones hasta el momento que las especulaciones acerca de cuánto se moverán los guarismos el 27O en relación a las PASO difícilmente puedan basarse únicamente en resultados anteriores.

Algunos investigadores, generalmente afines a las ciencias de los datos, argumentan esta inexactitud reforzando la idea de volatilidad en las intenciones de voto, como si hubiera una suerte de inconmensurabilidad en las preferencias electorales. Para ellos, el resultado de las Generales es diferente al de las PASO sobre todo porque la postura de la gente cambia semana a semana, incluso día a día. Esto conlleva una concepción fragmentaria del comportamiento electoral sesgada al plano de las decisiones, como si se tratara de una mera sumatoria de individuos, excluyendo o relativizando la noción de ideología en el análisis. De todas maneras, consideramos cierto que es importante comprender que el electorado es dinámico y que esa dinámica se explica mejor en términos de un rango de resultados posibles que de números cerrados.

Pero, además, esa dinámica también se explica mejor si se piensa más en un sujeto colectivo que en una sumatoria de individuos, o en un contexto más que en un cúmulo de preferencias. Las Generales arrojan resultados diferentes a las PASO porque el contexto se modifica de una elección a otra, y no sólo porque los candidatos que pierden protagonismo empiezan a generar posiciones favorables en uno u otro sentido, lo que facilita la migración de electores en busca del “voto útil”, sino también porque se suman nuevas variables a considerar en el momento del voto. La búsqueda de consensos tiene para las Generales una mayor incidencia. Aquí es importante destacar que si no logramos discernir con precisión cuáles son las variables que inducen estos procesos y transformaciones es porque las herramientas disponibles para estudiarlos son, justamente, inexactas.

En este sentido, la sistematización de mediciones hechas con la misma metodología que arrojen, mas allá del margen de error, un rango de resultados con su evolución en el tiempo a medida que se acercan las Generales, es de alguna manera la mejor de las estrategias para entender esta dinámica. A eso, es importante sumar la interpretación del contexto que hacen los diferentes sectores del electorado, para lo cual el complemento con mediciones cualitativas es imprescindible, no sólo porque nos permite atribuirle un sentido más eficiente en términos analíticos que simplemente decir que son los “caprichos” (estado de ánimo, preferencias, etc.) de los electores, sino también porque nos permiten acercarnos a la opinión de sectores usualmente deficientemente alcanzados por las encuestas.

Respecto a este último punto es importante destacar que el alcance deficitario que tienen las encuestas, sobre todo en lo que refiere a alcanzar a perfiles sociales y económicos ubicados en los extremos de la pirámide social, en parte responden a la naturaleza obligatoria del voto. Siendo entonces este un problema que mengua en los lugares donde el voto no es obligatorio. En esos casos (ejemplos clásicos son Chile y EEUU) la capacidad predictiva de las herramientas de medición, incluyendo las mediciones en redes sociales, suele ser bastante más aceptable porque votan “los politizados”. No como sucede aquí, donde también participan los supuestos desinteresados en la política.

Es por todo eso que las PASO tienen una enorme utilidad para la trazabilidad electoral, constituyen una herramienta para conocer cómo votan aquellos que no responden encuestas. Pero, como discutimos en los párrafos anteriores, esto no quiere decir que podamos anticiparnos al resultado de las Generales sólo con un análisis de las mismas. Es necesario un complemento cualitativo y seguimientos cuantitativos acotados pero constantes para desentrañar información sobre segmentos clave del electorado, y así construir un panorama sólido sobre qué resultados esperar en las Generales y, sobre todo, encontrar los puntos estratégicos en los cuales concentrar esfuerzos de campaña.






sábado, 28 de septiembre de 2019

La precisión, el yerro y el cordobesismo.




Existen, al menos, dos aspectos importantes que hacen a la calidad de una medición: la precisión y la exactitud. La precisión es qué tan disperso puede ser el resultado de una medición cuando se mide repetidas veces la misma cantidad. En el caso de las encuestas es el tamaño de las barras de error, el así llamado “error muestral”, que sería una consecuencia del más puro azar y que sólo depende del tamaño de la muestra y, en menor medida, del tamaño de la población que se estudia. La exactitud, en cambio, es qué tan centrada es la medición con respecto al valor “verdadero”, por lo que sólo se puede dimensionar cuando se tiene conocimiento de este “verdadero” valor. Es la distancia entre el valor que parece más probable luego de repetidas mediciones y el verdadero valor, es el sesgo propio del método de medición, el desvío de la mira. En los estudios de opinión pública la exactitud es el santo grial, lo que los encuestadores y analistas tratamos de mejorar continuamente, sin nunca estar del todo seguros de haber llegado a la exactitud deseada. Justamente, exactitud no es precisión, cada metodología tiene su sesgo y por mucho que se agrande la muestra la mira va a estar igual de desviada. Los consultores lo saben, por eso no venden encuestas IVR de 10000 casos (la precisión sería del 1%, pero los sesgos están presentes de igual forma que en una encuesta de 600 casos).

La exactitud, o falta de ella, que tuvieron las encuestas de opinión a nivel nacional anteriores a las PASO en relación al resultado electoral demostró que, a pesar de los avances tecnológicos de los últimos 20 años, todavía no hay un método, de relativa fácil implementación y costos razonables, menos sesgado que las encuestas presenciales hechas a partir de un buen diseño muestral. Por buen diseño nos referimos a uno que tenga en cuenta una pluralidad de variables que resulten significativas en la caracterización de las identidades políticas y que al mismo tiempo sean bien conocidas y estén actualizadas. La selección de estas variables es altamente no trivial, y en esto reside buena parte del arte de diseñar una buena muestra.

En este sentido hay que destacar que las encuestas presenciales son superadoras a las telefónicas porque garantizan las respuestas de un espectro más amplio de personas, llegando mejor a los extremos sociales y económicos. Mientras que las encuestas CATI (Computer-Assisted Telephones Interviewing)  e IVR (Interactive Voice Response) no pueden hacerlo por razones ya conocidas: altas tasas de no respuestas (entre el 3% y 7% de respuestas), lo cual las convierte en métodos de baja confiabilidad en escenarios dinámicos, cercanos a elecciones generales y sobre todo polarizados.

De todas maneras, el hecho de que las encuestas presenciales sean más exactas que cualquier encuesta telefónica no es ninguna novedad, la abundancia relativa de encuestas CATI o IVR se explica simplemente por una cuestión de costos: es claramente más barato contactar gente telefónicamente que hacerlo de persona a persona. La novedad en esta oportunidad estuvo en otra cuestión: la inexactitud aún más marcada que tuvieron los métodos “on-line”, tanto las encuestas como las proyecciones basadas en data mining (esto último es materia de otro artículo).
Esto no quiere decir que las encuestas telefónicas o las on-line no sirvan. Una mira desviada puede ser casi igual de útil que una que no lo esté siempre que se conozca con precisión su desvío. Si se conoce, para una dada muestra, en qué medida ciertos sectores están sobrerrepresentados o subrepresentados se puede compensar el sesgo ponderando la muestra: esto es, asignando un peso a cada entrevistado, según las variables de diseño muestral, que compense esta sub o sobrerrepresentación, como si cada entrevistado valiera por más de una persona o por menos de una persona en función de qué sectores representa. Se pretende así centrar la mira, pero el precio a pagar es justamente la precisión, la muestra ponderada funciona como una muestra más chica que la sin ponderar. Pero el resultado es más confiable, y ante repetidas mediciones los valores promedios seguramente se acercarán bastante a los reales. La ponderación depende críticamente de la selección de aquellas variables que hacen al diseño de la muestra: las que consideramos importantes para subdividir (acariciar) significativamente al electorado. Es, por lo tanto, también un arte que cada analista practica no siempre con los mismos criterios. Fue tanta la distancia que hubo entre algunas encuestas y el resultado de las PASO que nos es lícito sospechar que algunos encuestadores ni siquiera se plantearon compensar los sesgos antes de publicar sus resultados.

El yerro del “independiente”.

Justamente, no todos nuestros colegas piensan que el problema sea puramente metodológico, algunos prefieren adjudicar la falta de exactitud a una supuesta volatilidad de la opinión pública. Existe una figura muy común y vagamente definida en el análisis político: el así llamado “votante independiente”, el chivo expiatorio de todos los yerros metodológicos. Este supuesto votante sería abundante (según cómo se lo defina serían entre el 20% y el 50% del electorado) y sin embargo sería difícil llegar a él o ella: no le gusta hablar de política y decide su voto en los últimos días e incluso directamente en el cuarto oscuro. La divergencia entre encuestas parece sugerir que aproximadamente el 30% del electorado evita sistemáticamente dar su opinión en encuestas, o si la da dice lo primero que se le ocurre y termina votando de manera totalmente independiente a lo que dijo en su momento. Sin desconocer que parte del electorado efectivamente puede comportarse así, de nuestra experiencia nos resulta mucho más plausible suponer que más erráticas son nuestras herramientas que la opinión pública.    
De todas maneras, en defensa de los trapos, debemos reconocer que las encuestas distritales mostraron tener una mayor exactitud, siendo que los comportamientos suelen ser más variables en poblaciones más pequeñas. Quizás en las provincias haya una mejor predisposición a contestar encuestas, además de que se requiere de menos presupuesto para mediciones presenciales.

Hablemos de Córdoba.

En el caso de Córdoba, la ventaja de la fórmula Macri-Pichetto por sobre Fernández-Fernández estuvo bastante bien medida por varios de nuestros colegas, se hablaba de entre 15 y 22 puntos de distancia, terminó siendo 18.3. Es particularmente interesante lo que pueda suceder en Córdoba el 27 de octubre, porque la clara diferencia de Macri hace que el microclima parezca tendiente a profundizar esa ventaja, pero al mismo tiempo la ola ganadora a nivel nacional va a tener cierta influencia por sí misma. Ambos efectos contradictorios entre sí se van a dar independientemente de las acciones de campaña, por lo que una radiografía precisa de aquellos votantes en esta provincia que sostienen que no pertenecen a una extracción politizada, que se sienten por fuera de los clivajes K - anti K o peronistas-antiperonistas, va a ser fundamental para dirigir estas acciones (esto es lo que nosotros llamamos “votante híbridos”: aquellos que se consideran por fuera de estos clivajes, y no necesariamente lo están). Por supuesto, esto va a ser de particular interés para las listas de diputados nacionales, donde unos pocos miles de votos de diferencia puede significar el acceso o no a una banca.

En términos puramente numéricos, Macri ganó en Córdoba casi como Fernández ganó en nación. En Córdoba: MM 50.1%, AF 31.8% mientras que en nación el resultado fue AF 49.5% y MM 32.9%. La victoria de MM en Córdoba es tan contundente como la de AF a nivel nacional. Marcan diferencias aparentemente irremontables y hablan de una clara preferencia del votante independiente o híbrido, según nuestra acepción. Este tipo de votante apoyó mayoritariamente a AF a nivel nacional (especialmente en Gran Buenos Aires, NOA, NEA y Patagonia), pero en Córdoba y en CABA sigue eligiendo a Cambiemos. Siendo CABA la cuna y bastión del macrismo, lo de Córdoba se configura como excepción en el plano nacional.

En Córdoba el corte de boleta tanto en la lista de Juntos por el Cambio como en la lista del Frente de Todos (en todos los casos a favor del tramo presidencial) fue casi idéntico en número: unos 7 puntos para cada lista (cerca de 160000 votos en cada caso), mientras que en el caso de la lista de Consenso Federal el corte fue de 3 puntos (unos 60000 votos). Puede que no sea muy sorprendente que la suma de estos números aproximados (7+7+3) de justamente los 17 puntos que sacó la lista corta de Hacemos por Córdoba, pero este hecho casi nos confirma que los votantes de la lista corta votaron casi en la misma medida tanto a Macri como a Fernández (a diferencia de lo que cierto sector del oficialismo provincial quiere instalar), y nos sugiere que la composición de los votos para presidente entre los votantes de la lista corta es aproximadamente (40%,40%,20%) para Macri, Fernández y Lavagna respectivamente. Nos confirma también de que no existen prácticamente los votantes de “sólo lista corta”, y es por eso que para sostener el corte quirúrgico de boletas hace falta, además de precisión (o exactitud en el mejor de los casos), cierta “neutralidad” en el discurso político a la hora de insinuar qué es lo que prefieren los cordobeses en términos nacionales. Si bien podríamos discutir, largo y tendido sobre cuáles son los componentes y condicionamientos políticos que hacen a dicha “neutralidad” por parte del principal referente de HpC, el gobernador Juan Schiaretti, lo cierto es que apalancar en la identidad territorial “cordobesa” ha sido la estrategia predilecta del oficialismo provincial, y a las pruebas hay que remitirse para demostrar su visible y sostenido éxito como tal. Sin embargo, no todo está dicho en la Córdoba de los cordobeses. Existen algunos movimientos que dan cuenta de que su matriz ideológica es permeable al clima nacional, lo cual puede inducir cambios en el comportamiento electoral. Cabe destacar que en este distrito a Alberto Fernández, en estas PASO, le fue considerablemente mejor que a Scioli en las generales del 2015: el frente contenedor al kirchnerismo subió de 19 a 32 puntos, mientras que Cambiemos bajó su performance de 53 a 50 puntos. Massa en las generales del 2015 había obtenido 20 puntos, mientras que Lavagna en esta oportunidad tuvo sólo 8 puntos: aparentemente la mayoría de los votos de Massa ahora fueron con Alberto y no tanto con Lavagna. Por lo cual la pregunta sobre cómo votarán los cordobeses en las generales de octubre, si seguirá siendo Córdoba la excepción nacional o si se alineará a un comportamiento más propio del total país, son preguntas que siguen sin responderse en tanto y en cuando no haya disponibles, para el análisis, mediciones rigurosas (presenciales) en el territorio provincial.