martes, 29 de noviembre de 2016

Entrevista a Dora Barrancos

por Luciana Rosende
26.11.2016

fragmento


Es muy sórdido lo que suele ocurrirles a las mujeres en estas situaciones de crisis en el mercado laboral. Es una pérdida de derechos. Y conjeturo que van a sobrevenir y se van a hacer más redundantes las fórmulas violentas. Porque además, ya sabemos, cuando los varones pierden esta valoración que significa el trabajo, una valoración que indexa muchos sentidos, algunos evidentemente muy incorrectos porque son patriarcales –que es el principal proveedor, que la masculinidad está ligada a esa potencia en el trabajo, etc.- ahí hay desajustes graves que ya los vimos en los 90”, advierte Barrancos, socióloga, historiadora y directora del CONICET en representación de las Ciencias Sociales y Humanas.

¿Por qué las situaciones de crisis social afectan más y primero a las mujeres?
 
Porque son más lábiles. Porque tienen primero mucha menor oportunidad de situarse dentro del mercado laboral. No olvidemos que la cuota de participación de las mujeres hoy es muy interesante, estamos por arriba de 40-43 por ciento, pero habíamos salido de una zona de treinta y tanto por ciento para subir en estos años un peldaño bastante importante. En los 90 empezó a subir porque subió la presión femenina en el mercado laboral, debido a la enorme pérdida de trabajo de los varones. Cuando pasa esto hay un agolpamiento en el mercado laboral de mujeres, en condiciones muy lamentables. Estamos viendo que está aconteciendo lo mismo. A esta película ya la hemos visto: hay que salir a trabajar a como dé. Por otra parte, todas las circunstancias apuntan a este aumento de las posibilidades de fragilidad que se tienen, porque también se fragilizan los lazos de solidaridad social. Es un poco un ‘sálvese quien pueda’. Es muy sórdido lo que suele ocurrirles a las mujeres en estas situaciones de crisis en el mercado laboral. Es una pérdida de derechos. Y conjeturo que van a sobrevenir y se van a hacer más redundantes las fórmulas violentas. Porque además ya sabemos, cuando los varones pierden esta valoración que significa el trabajo, una valoración que indexa muchos sentidos, algunos evidentemente muy incorrectos, porque son patriarcales –que es el principal proveedor, que la masculinidad está ligada a esa potencia en el trabajo, etc.- ahí hay desajustes graves que ya los vimos en los 90.

¿O sea que la crisis social repercute en una mayor violencia en el ámbito privado?

Absolutamente. Hay consecuencias violentas en el ámbito doméstico.
Nota completa: Política Argentina

viernes, 25 de noviembre de 2016

La crisis de la política neoliberal



Nuestra política muchas veces tiene un ritmo tan frenético que nos impide ampliar nuestra mirada y reconocer la incidencia en el escenario nacional de movimientos macros. En este sentido, parecen estar sucediéndose cambios en los sistemas políticos de muchos otros países que estarían trazando una nueva frontera estructuradora de los modos de representación política y, consecuentemente, de los sistemas de partidos. Desde hace al menos un par de décadas, estamos asistiendo a la decadencia de las democracias consensualistas. En cada lugar, a su modo, la crisis arroja resultados singulares que responden a especificidades contextuales. En algunos casos emergieron respuestas progresistas: Syriza en Grecia, el 15M español con su origen autonomista antiestatista que finalmente desembocó en una fuerza populista de izquierda como Podemos, los neopopulismos latinoamericanos como respuesta al desierto dejado por las experiencias neoliberales más radicales (y trágicas) del mundo. En otros casos, surgieron alternativas eminentemente de derecha (con cierta variabilidad en su nivel de conservadurismo): Le Pen en Francia, el Brexit en el Reino Unido y Trump en Estados Unidos.

En busca de comprender este proceso podríamos remarcar algunos eventos históricos. A partir de la posguerra, los sistemas políticos de las principales economías occidentales recorrieron un camino casi lineal hacia la incorporación de la gran mayoría de las expresiones ideológicas a la competencia electoral, orientada hacia la conquista del poder estatal, lo cual redundó en un claro proceso de legitimación de las democracias liberales. Dicho consenso iba aún más allá de la expansión de la democracia como pura forma o procedimiento, ya que también incluía un extenso acuerdo en torno al lugar del Estado en la sociedad. Son los años dorados de los Estados bienestaristas cuya expansión parecía indetenible, toda vez que los distintos partidos políticos colaboraron, con sus matices, en su ampliación cuando les tocó formar parte del gobierno. Luego, a partir de los años 70, comenzó la crisis (que aún continúa) en torno al consenso del rol estructurador del Estado. Dicha crisis prontamente produjo cierta traslación al sistema político bajo la forma de emergencia de discursos neoliberales. Son los albores de ese proceso amplio y complejo bautizado como globalización. La globalización fue presentada y defendida de mil maneras, pero fue su aura de proceso inevitable e indetenible lo que le dio su aplastante fuerza ideológica.

Esta imposición de la globalización se perpetúa en nuestros días por diversas razones: el avance de la técnica, el supuesto fin de las ideologías, el triunfo del capitalismo, la caída del muro, etc. En todo caso el corolario siempre es el mismo: la globalización se impone y frente a ello el mundo comienza a dividirse en dos: entre quienes razonablemente lo aceptan y racionalmente buscan adaptarse a este nuevo contexto; y entre quienes se niegan a aceptar esta realidad. Éstos segundos fueron progresivamente perdiendo legitimidad política hasta el punto de ser cuestionados en su propia racionalidad, quedando excluidos de los sistemas tradicionales de representación política. Aunque estas voces de resistencia no desaparecieron, sí quedaron relegadas al mundo de la sociedad civil, algo que también fue motivado por sus propios lenguajes autonomistas que hicieron de esto parte de una decisión propia. Durante los noventa y comienzos del dos mil, estas expresiones periféricas lograron ciertas instancias de articulación política, bajo el significante “movimientos antiglobalización”.

Esta marginalidad de las posiciones críticas a la globalización nunca dejó de ser el síntoma de un enorme “consenso”: todos los políticos, todos los partidos, asumieron la globalización como un condicionante insuperable, no dejando margen más que para debatir acerca de los modos adecuados de asumirla y adaptarse; y buena parte de intelectuales y académicos no hicieron más que mostrar lo mismo. El establishment económico, aunque no todos igualmente beneficiados, también hizo lo suyo en esta dirección. No sólo la disyuntiva no era sí o no a la globalización sino que ni siquiera se abrió la posibilidad de discutir qué globalización.

En este contexto, los sistemas políticos en su conjunto se fueron encorsetando paulatinamente y sus márgenes de maniobra fueron claramente decrecientes. La racionalidad económica y la forma-empresa, como evidencias emergentes, comenzaban a contaminar todos los lenguajes políticos. Así, el siglo XXI encontró a la mayoría de los sistemas políticos atrapados ideológicamente por este consenso tan amplio e incuestionable; en el cual también parecían atrapadas las amplias masas ciudadanas permeables a los argumentos de inevitabilidad.

Actualmente, esto es precisamente lo que parece estar cambiando en buena parte de las democracias contemporáneas: las bondades de la globalización tienen un costo, que se hizo cada vez más elevado y buena parte de los ciudadanos parecen estar cada vez menos predispuestos a aceptarla sin más, como un paquete cerrado que se compra entero o arrolla y se impone. Este es el cambio ideológico-estructural al que estamos asistiendo en el mundo: hay una clase dirigente todavía cooptada ideológicamente por la globalización neoliberal y una ciudadanía que no soporta más sus costos y cada sistema político sintomatiza a su modo.

Cabe aclarar que, quizás, la separación de la dirigencia respecto a la ciudadanía no se dio tanto por una incapacidad de escucha (para lo cual también disponen de todo una inmensa estructura de consultores políticos y profesionales de la comunicación, que todo el tiempo buscaban medir lo que piensa “la gente” para transformarlo en discurso político) como por una incapacidad de respuesta (incapacidad de la que también participa esa estructura asesora, ya que está atrapada por el mismo consenso racionalista globalizador). Aunque, para ser más precisos, quizás se trate más de imposibilidad que de incapacidad. Imposibilidad ideológica-intelectual de entender y dar respuesta a las nuevas demandas de ofrecer alternativas a este proceso globalizador que arrasa a su paso con el trabajo, la integración social y cualquier horizonte próximo de mejora.

Tenemos a mano el ejemplo reciente de los norteamericanos, quienes balbuceaban demandas insatisfechas. Una ciudadanía que parece ya no estar dispuesta a recibir como única respuesta de su clase dirigente que no hay alternativas y que los movimientos históricos son exterioridades objetivas que se imponen. Trump les ofreció un discurso que les dio sentido, les ofreció una explicación a todos sus males: una globalización neoliberal sin frenos y al servicio de unos pocos. Más allá del reclamo conservador, de derecha, xenófobo o racista, lo que se puso en juego es una demanda de (re)empoderamiento de la democracia. Los ciudadanos necesitaron volver a creer que son los residentes de la soberanía popular y que a través de su voto conforman el poder al cual voluntariamente deciden someterse. Volver a creer que ese poder político puede imponer reglas y límites a todos y no sólo a los débiles de siempre. Es decir, la suerte electoral de Trump tuvo que ver con su capacidad de romper con la monotonía del sistema de partidos estadounidense, frente a una Clinton que no sólo es parte de la vieja política sino que parece su expresión más acabada

En conclusión, a partir de la evidente decadencia global de las democracias consensualistas, la frontera ideológica que comenzará a estructurar las disputas electorales ya no será entre una clara mayoría “racional” y “seria” que buscará diferenciarse a través de matices sutiles. La grieta cortará entre una “vieja política” atrapada en el pensamiento único y “nuevas formas políticas” que ofrecerán respuestas nuevas a demandas nuevas. Es nuestra responsabilidad hacer que las más verosímiles, creíbles y deseables respuestas a esta demanda sean las alternativas progresistas y de izquierda.

viernes, 11 de noviembre de 2016

Sobre los vaticinios de Hillary ganadora y las explicaciones del triunfo de Trump




Uno de los datos importantes de la última elección presidencial estadounidense fue que triunfo electoral de Trump contrastó fuertemente con la enorme mayoría de los vaticinios. Algo, por cierto, nada nuevo. Ahí está lo sucedido con el Brexit en el Reino Unido o con el referéndum reciente en Colombia. En nuestro país tampoco faltan ejemplos de análisis y encuestas que pifiaron feo: basta recordar cómo en 2007 muchos titulares y mediciones daban como inminente un escenario de balotaje entre Carrió y CFK, y como en 2011, con un tono de mayor “prudencia”, se discutía qué opositor podría despegarse del resto y aspirar meterse en una segunda vuelta contra CFK. Parece innecesario recordar por dónde finalmente fue la realidad.

El lector podrá advertir nuestra ingenuidad, ya que la respuesta es obvia: se trataron en todos los casos de operación y manipulaciones con intencionalidad política. Y posiblemente sea cierto. Hay dos ejemplos paradigmáticos que citan quienes suscriben a este tipo de hipótesis. En primer lugar, el rol que ocuparon los grandes medios de comunicación norteamericanos (y de buena parte del mundo) en estas elecciones, que operaron escandalosamente. Sistemáticamente construyeron una burda caricatura (de un personaje fácilmente caricaturizable), impusieron brutalmente una agenda del debate electoral y subestimaron ingenuamente la fuerza de interpelación de un discurso sexista, homofóbico y xenófobo.

El otro caso que se trae a colación es el nuevo fallido de las encuestas y de los “especialistas”, quienes casi al unísono vaticinaban un triunfo, aunque apretado, de Hillary Clinton. Que las encuestas han devenido en un instrumento de operación política -para la instalación de candidaturas y el encuadramiento-domesticación de la agenda pública- es ya un fenómeno mundial del cual los argentinos también venimos siendo víctimas. Lamentablemente las encuestas, que son una herramienta metodológica de vital importancia para construir discurso y desarrollar una estrategia electoral, muchas veces se publican en grandes medios de comunicación para incidir en el electorado antes que para comprenderlo.

A esta altura del partido es obvio que todo esto existe. Que se operan candidaturas y que se construye agenda pública para favorecer ciertos intereses. Sin embargo, esto no nos permite comprender por qué se equivocaron esta vez los agoreros de siempre. Porque además de actuar con mala fe, también se equivocaron. Y se equivocan porque asumen una serie de suposiciones muy cuestionables a la hora de analizar la política. El mundo del análisis político, de la consultoría y del periodismo especializado todavía se permite afirmaciones cargadas de prejuicios que no resistiría el menor análisis en cualquier otro ámbito donde la rigurosidad teórica fuese una exigencia. Siguen asumiendo caducas perspectivas del sujeto, de la comunicación y de la política que lejos están de cualquier vanguardia teórica.

Veámoslo a través de un ejemplo ilustrativo. Tras el triunfo de Trump, un amplio y diverso conjunto de expertos, analistas y consultores se rasgaron las vestiduras por el ascenso al poder de un repudiable político de este tipo. La lógica del argumento, esquemáticamente, transcurrió por etiquetar a Trump y encontrar allí los límites de su propio discurso. En otras palabras, es a partir de una caracterización de Trump, que podemos entender lo que Trump dice y en función de ello es que podemos determinar el alcance de su discurso. El razonamiento sería más o menos así: una retórica racista, da cuenta del racismo de Trump y su discurso sólo puede interpelar a los votantes racistas. El corolario de esto es que, por ejemplo, ningún latino lógicamente podría votarlo. Desde este punto de vista, deviene escandaloso el resultado ya que un candidato racista, sexista y homofóbico fue apoyado por negros, latinos, mujeres, homosexuales, etc. Como la racionalidad del votante siempre tiene que quedar a salvo, entonces surgen explicaciones suplementarias, como aquella que tanto circuló acerca de una supuesta fractura entre los inmigrantes: aquellos que poseían su green-card  votaron por Trump para quitarse del medio la competencia de aquellos inmigrantes ilegales. 

La otra parte de este razonamiento es que Trump supo captar las demandas sociales. La gente quiere que se regule la inmigración porque es la causa de su desempleo, la gente quiere que se cierren las fronteras para proteger la industria y el empleo nacional, etc.  Desde este lugar, el éxito de Trump fue la expresión del país profundo que, en tanto menos ilustrado que el norteamericano cosmopolita de la costa este, es más racista y xenófobo.

Ahora bien, este tipo de miradas sobre la política asumen una serie de presunciones sumamente cuestionables que llevan a reducir a las disputas electorales a un juego de intercambios entre votantes y líderes político. En ese juego, los ciudadanos saben qué necesitan y procuran ser eficientes con su voto apoyando las opciones políticas que les prometen satisfacer esas demandas; mientras que los líderes políticos precisamente se desvelan por saber qué quiere la gente y ponen todos sus esfuerzos y recursos en elaborar un discurso político que incorpore buena parte de eso que la gente quiere. 

En este modo de entender la política radica el problema. Entender la política como un mero intercambio entre oferentes y demandantes tiene muchas limitaciones, pero nos gustaría señalar las dos más gruesas: por un lado se considera un discurso político a partir de su propia literalidad, se lo presupone unívoco y que, por lo tanto, llega a los votantes de manera más o menos lineal. Y por el otro, piensa que la ciudadanía constituye un agregado de individuos con demandas que un político debe reconocer y construir su oferta electoral en función de ello. No. La política no es una transacción. No es el juego entre grandes estrategas demagogos (y cínicos) y ciudadanos que saben qué necesitan y buscan en la política un medio de satisfacerlo. Los discursos políticos no viajan en su literalidad y son receptados unívocamente por los ciudadanos, ni tampoco los ciudadanos participan de una contienda electoral como si fueran a un shopping a comprar algo que saben que necesitan. En este sentido, cabría preguntarse ¿un discurso que ubica la xenofobia como la posibilidad de reconstruir aquel viejo sueño americano -mito que justifica muchas veces a los latinos a migrar hacia el país del norte- no hace verosímil su paradójica fuerza de interpelación a los inmigrantes? ¿O acaso esos millones de norteamericanos que han perdido su empleo y/o han visto notablemente deteriorado la calidad de su trabajo -y que han recibido sistemáticamente de sus dirigentes como única respuesta que se trata de una natural e inevitable desindustrialización consecuencia de la globalización neoliberal- no tienen razones para sentirse conmovidos por el discurso de un outsiders que rompe (brutalmente) con la monotonía de un sistema político, de la cual por cierto su competidora parecer ser la condensación más acabada?


En fin,  hay algo bueno de estas expresiones grotescas de la política primermundista es que nos sacan del lugar de confort y nos exige, una vez más, (re)pensar la política.

jueves, 10 de noviembre de 2016

Ganó

por Nicolás Lantos

Donald Trump dio anoche el batacazo al hacerse elegir como el próximo presidente de los Estados Unidos, venciendo en una elección sorprendente a Hillary Clinton. El magnate, al cierre de esta edición, derrotaba a su rival por un estrecho margen en el estado clave de Florida y sumaba además otros distritos en disputa como Carolina del Norte, Ohio y Iowa, que sumado a resultados sólidos en el ‘cinturón del óxido’, en el norte del país le alcanzaban, para superar en el Colegio Electoral los 270 votos necesarios para adjudicarse los comicios. El Partido Republicano, además, obtenía mayorías en en las dos cámaras del Congreso. El resultado volvió a contrariar a la mayoría de los pronósticos, que al igual que lo que sucedió este año en el plebiscito por el Brexit en Gran Bretaña y por la Paz de Colombia, fallaron. La victoria del magnate abre un nuevo período en la política norteamericana y las consecuencias de este resultado tendrán alcances globales.

Lanzado a la arena política hace apenas un año y medio, cuando anunció que competiría por la nominación republicana, este multimillonario sin experiencia en la gestión pública que hizo su fortuna en el negocio inmobiliario y su fama como playboy y anfitrión de un reality show se convirtió anoche en el hombre más viejo en llegar a la presidencia de los Estados Unidos, superando en algunos meses a Ronald Reagan, otro outsider que trazó su camino hacia la Casa Blanca. Su campaña desprolija y poco profesional, plagada de improperios y boutades, obligará a reescribir los manuales de política electoral. Ninguno de los “errores” cometidos por Trump en sus últimos 18 meses fue suficiente para impedirle dar la sorpresa más grande de la que se tenga memoria en la historia política norteamericana.

En ese sentido, cobrará valor en los análisis posteriores el rol de su rival. Clinton, ex primera dama, ex senadora, ex secretaria de Estado, estaba mucho más preparada que Trump para ocupar la presidencia, pero nunca pudo hacer pie en una campaña en la que tuvo que luchar contra una sociedad norteamericana que ponía en el establishment las culpas de la malaria posterior a la crisis económica del 2008. Una serie de escándalos que afectaron la confianza de su base electoral en ella limaron los bordes de la coalición que le había dado al Partido Demócrata la victoria en las últimas dos elecciones presidenciales y el apoyo de figuras populares, como el presidente Barack Obama, la primera dama Michelle Obama, el senador Bernie Sanders y su marido el ex presidente Bill Clinton no alcanzaron para compensar su falta de carisma y conexión con el público.

Durante toda la campaña Trump presentó un discurso extremo, prometiendo levantar un muro para terminar con la inmigración mexicana, prohibir la entrada de musulmanes al país y deportar a todos los habitantes del territorio de los Estados Unidos que no hayan ingresado legalmente al país. También prometió un mayor proteccionismo económico y un importante recorte de impuestos a los sectores concentrados de la economía con la promesa que esas medidas promoverían la creación de empleo. La bolsa de Japón se desplomó incluso antes de que se confirme la victoria del republicano y hoy los mercados de todo el mundo reflejarán el cimbronazo causado por los resultados electorales de los Estados Unidos.
 
Noche sorpresiva 
 
Aunque en la última tanda de encuestas que entraron a última hora del lunes le daban cierto margen a Clinton, en cuanto comenzaron a llegar datos oficiales del recuento de votos anticipados el panorama comenzó a dar señales de que habría una noche larga por delante. En el bunker demócrata había confianza en los números pero ya hablaban de tomar con pinzas los datos de Carolina del Norte y Florida, los primeros duelos que darían forma a la carrera el resto de la noche. En el hotel Hilton, dirigentes republicanos que esperaban por novedades mostraban un tímido optimismo. “Los swing states del sudeste se definiran por muy poco. Si los ganamos, el resto está abierto”, dijo un asesor a Página/12, acertando con la tónica que tomaría la noche en las horas siguientes.

La llegada de los primeros números, provenientes de los estados de costa oeste, sólo alcanzaron para estirar ese suspenso y hacer aún más dramática la definición de la carrera. En Florida, estado clave para el resultado final, ambos candidatos se turnaban al frente del recuento, siempre con diferencias de pocos miles de votos a favor de uno u otro. En Carolina del Norte, los errores en el sistema de voto electrónico obligaron a posponer el cierre de urnas en varios centros electorales, postergando las certezas. En Virginia, tierra del vice demócrata, Trump encabezaba el conteo aunque los demócratas finalmente lograron una esforzada victoria gracias a la llegada a última hora de los números de los suburbios de Washington D.C. En Georgia, un estado que se pronosticaba como competitivo, el magnate se imponía por un margen holgado.

Con el correr de las horas, el candidato republicano mostró una fortaleza creciente en los estados del cinturón del óxido al tomar ventaja en Michigan y Winconsin mientras Florida y Carolina del Norte se inclinaban hacia la columna de Trump, superando en todos esos estados los pronósticos de la mayoría de los encuestadores, lo mismo que New Hampshire otro estado azul que se ecolumnó detrás del republicano. Para las diez de la noche, hora local, ya era una certeza que el conteo se extendería hasta la madrugada y poco después medios como el New York Times, que hasta el lunes daban a Clinton más de un 95 por ciento de chances de vencer, empezaban a confirmar el creciente favoritismo de del magnate, que a la medianoche ya superaba el 90 por ciento. Para esa hora la candidata demócrata había tuiteado un mensaje que sonaba mucho a una concesión: “Este equipo tiene mucho de lo que estar orgulloso. Pase lo que pase esta noche, muchas gracias por todo”.
 
Un nuevo mapa político
 
La victoria de Trump confirma la reconfiguración del esquema político que rigió en Estados Unidos durante los últimos 35 años, desde Ronald Reagan. El caudal de votos que logró Trump en los estados del norte indican que los votantes blancos de clase media baja, golpeados por las consecuencias de la crisis de 2008, abandonaron la coalición demócrata y se volcaron hacia el Partido Republicano. La suma del voto de minorías, mujeres y jóvenes no le alcanzó a los demócratas para repetir el logro de las dos elecciones presidenciales anteriores. La cantidad record de latinos que acudieron a las urnas no pudo compensar la caída en el voto de negros y de jóvenes, que habían acompañado a Obama y no se sumaron masivamente a la propuesta de Clinton.

Ahora, los dos grandes partidos que marcaron la vida política en este país durante el último siglo y medio enfrentan desafíos inéditos. Los republicanos, que habían abjurado de su propio candidato durante la campaña, tendrán ahora que rendirse ante un Trump que podrá alegar, y con razón, que ganó esta elección él solo. La negociación en el Congreso, con dos mayorías oficialistas pero reticentes, marcará los primeros meses de su gestión. Los demócratas deberán solventar las divisiones entre un establishment cercano a las corporaciones y a Wall Street, quizas el gran derrotado de estos comicios, y unas bases progresistas que en las primarias casi tuercen el brazo de la cúpula y en las generales no acompañaron en número suficiente a la candidata que les tocó en suerte.

Esta elección marcó, acaso, el final de una época. El mundo adopta lentamente una nueva configuración, alejándose de los consensos que marcaron el final de la guerra fría y la transición entre el siglo XX y el siglo XXI. Los desafíos son inéditos, para los Estados Unidos y para el mundo que deberá lidiar con esta nueva iteración de la superpotencia, en manos de un hombre sin experiencia en política internacional, administración pública ni defensa. Lo que hay en el futuro son muchos más interrogantes que respuestas. Durante un año y medio el planeta se preparó para esta elección pero lo que sucedió anoche no parece un final sino más bien un comienzo. Un comienzo de algo incierto y peligroso.

martes, 1 de noviembre de 2016

Elecciones municipales en Brasil




 “(…) con un sistema político atravesado por la ilegitimidad de su Poder Ejecutivo, con un Poder Legislativo cada día más acorralado por las causas judiciales de sus miembros y un Poder judicial altamente cuestionado (en sus diversas instancias) por la arbitrariedad de sus actuaciones, la circunstancia se torna altamente compleja para reconducir la situación del país, siendo que Brasil atraviesa uno de sus más constantes ciclos recesivos de su historia económica. Contexto que, si se imponen las opciones que intenta llevar adelante el Gobierno de M. Temer, podría hacer retroceder el panorama social del país de una forma drástica  y dramáticamente inequitativa”. Amílcar Salas Oroño (Celag)

El domingo 30 de octubre finalizaron las elecciones municipales en Brasil, comicios que tuvieron su primera vuelta el 2 de Octubre. El resultado final muestra la tendencia hacía la fragmentación, con un claro retroceso del Partido de los Trabajadores por un lado, y por el otro lado el fortalecimiento del Partido Social Demócrata Brasileño y del Partido del Movimiento Democrático Brasileño. Así se confirmó un movimiento del electorado hacia posiciones conservadoras.
A pesar de su baja popularidad M. Temer ha encontrado en los resultados de estas elecciones un apoyo aunque sea de rebote. El Partido del Movimiento Democrático Brasileño (PMDB) del presidente Michel Temer perdió apoyo en las grandes capitales. Aunque a partir de Enero en Brasil el 80% del electorado será gobernado localmente por representantes afines a Temer.
Los comicios también reflejaron el desencanto con el sistema político. El número de personas que no votaron a ningún candidato  (abstenciones, blancos y nulos)  superó la cantidad de votos de los candidatos y candidatas más votados en diversas ciudades. La  crisis de representación y  el retroceso del PT hicieron que los electores busquen nuevas alternativas. En lo que fue la primera vuelta, en Belo Horizonte, el número de electores que no votó a ningún candidato superó la suma de los dos primeros colocados.  En Rio de Janeiro el 42% de los electores votaron en blanco o nulo. En São Paulo, 3.096.186 personas no votaron por nadie, lo que representa el 38% del electorado de la ciudad. En estos municipios se impusieron representantes importantes de las elites brasileñas.

La elección transcurrió en el marco de un contexto político sumamente complicado para el PT en primer lugar, por la reciente destitución de Dilma y en segundo lugar por la persecución judicial a Lula. Esto no es algo que se dé sólo en Brasil, con el argumento de la “corrupción” los grupos conservadores de la región envistieron contra los gobiernos progresistas de América Latina.  Así lo explica el actual presidente de Ecuador, Rafael Correa: “No se ha buscado investigar, saber la verdad en el caso de Lula, se ha buscado humillarlo… inspeccionar su casa, sacarlo a la fuerza arrestado para interrogarlo cuando, si lo llamaban, Lula iba a acudir al interrogatorio… Estamos enfrentando una restauración conservadora terrible, articulada nacional e internacionalmente, que no le importa quebrar a los países con boicot económico, con desinformación".

“No hay ningún indicio contra Lula incluso después de que la Justicia ya investigó al ex presidente, a sus familiares, a sus colaboradores, al Instituto Lula y a la empresa de conferencias LILS. Las acusaciones son típicas de lawfare, es decir la manipulación de las leyes y los procedimientos jurídicos para fines de persecución política”. Cristiano Martins (abogado de Lula)

Este montaje sería innecesario en una investigación seria, podría decirse que la puesta en escena cumplió su propósito, si vemos que en la primera vuelta de las elecciones municipales resultó la peor derrota del Partido de los Trabajadores en 20 años.
El PT en 2012 ganó en más de 700 alcaldías, mientras que en 2016 sólo lo hizo en 235. De las 93 ciudades más grandes de Brasil el PT sólo se impuso en 2, agudizando su retracción en materia electoral. Esto muestra la incidencia y la influencia del poder mediático, ya que para una gran parte de la sociedad brasilera Lula, Dilma, el PT, son sinónimos de corrupción. Más allá de lo que determiné la justicia la condena social ya está instalada. Con esto no se pretende minimizar la pérdida de apoyo popular al PT sólo a una maniobra mediático-judicial, la crisis que atraviesa Brasil, el elevado porcentaje de desempleo, son factores que pueden también han generado descontento en el electorado. Brasil cerró el 2015 con una caída del 4% de su PBI, y tan solo en el primer trimestre del 2016 cayó otro 5,4%

Pese de los altos porcentajes de votos en blanco, la voluntad electoral se inclinó en su mayoría por candidatos afines al actual presidente. El giro ideológico en Brasil no sólo viene de la mano de la casta política que destituyó a Dilma, luego de las elecciones municipales el electorado ha confirmado la tendencia que se viene dando en la región. Quienes no pertenecen a ningún partido político o no participan de manera activa en ningún movimiento, claramente han decantado por candidatos  conservadores y liberales.