martes, 28 de noviembre de 2017

Sobre los límites de la comunicación política



Publicado en Alrevés
Hace ya más de diez días que la desaparición del submarino ARA San Juan sacude al país y los medios de comunicación con dispares niveles de seriedad saturan su espacio con las novedades del caso. Como una paradoja cruel del destino, un objeto ideado para no ser detectado en su accionar efectivamente no puede ser hallado y produce la más cruel de las sensaciones con 44 vidas a bordo. Este episodio trágico ha habilitado una serie de debates diversos que van desde las explicaciones técnicas sobre el funcionamiento de submarinos y sus mecanismos de salvataje hasta las discusiones en torno a la necesidad de revisar la política nacional de defensa en su conjunto. Sin embargo, si nos detenemos en las implicancias políticas de lo que está aconteciendo, hay un aspecto específico, resaltado de manera recurrente tanto por periodistas oficialistas como por aquellos ligeramente menos condescendientes, que tiene que ver con el modo en que el gobierno ha encarado el tema. Para decirlo en pocas palabras, buena parte de los analistas de turno comparten la impresión de que el ejecutivo nacional comunica mal o de manera deficiente lo que hace al respecto de la búsqueda del submarino desaparecido. En ese mismo marco aparecen algunos expertos en comunicación política para enfatizar con su jerga específica que lo que falla es la “gestión de la comunicación de crisis”. Así, se repite que uno de los problemas del gobierno es la falta de conferencias de prensa, las pocas veces que el presidente Macri se ha referido públicamente al asunto, la nula injerencia que el ministro de defensa, Oscar Aguad, demuestra en un suceso que afecta directamente a su cartera, o que algunas informaciones lleguen a oídos de la ciudadanía primero por canales infórmales vía filtraciones antes que por los conductos oficiales fruto de las internas existentes entre las altas esferas militares y los responsables políticos. En síntesis, el principal obstáculo que enfrenta el gobierno, se dice, es un problema de gestión de información, es un inconveniente para comunicar en situación de crisis y se soluciona fundamentalmente eficientizando los modos en que se trabaja de cara al público (hablar más, limitarse a los hechos, informar otorgando certidumbre y aumentar la presencia de los principales referentes políticos). Quisiéramos a continuación poner en cuestión esta suerte de consenso sobre el problema comunicacional.
Hay al menos tres aspectos que deberíamos considerar para evidenciar la trampa a la que nos conduce pensar en los términos que se nos plantean. En primer lugar, y como resultará bastante evidente para el lector, suponer que el problema es de comunicación significa reconocer implícitamente que hay algo que se está haciendo y que eso que se está haciendo es valioso. En consecuencia, una mirada en términos de problemas de comunicación encierra usualmente un sesgo reduccionista en tanto anula la discusión acerca de lo que se hace. En segundo lugar, el propio lenguaje de “gestión de crisis” o “gestión de la comunicación” evidencia otro limitante para reflexionar en estos escenarios al suponer que de lo que se trata es solo de administrar eficientemente la comunicación – como si algo así existiera de manera evidente. Ello anula la dimensión esencialmente política de este tipo de acontecimientos dotando de un tono conservador a todo lo que se haga. La trillada frase “no hay que hacer política” con su remate “solo hay que comunicar bien” invisibiliza los múltiples modos en que se pueden hacer las cosas. En otras palabras oponer la gestión y la comunicación a la política impide observar que toda comunicación es siempre política. Tercero, y derivado de lo anterior, visto esto desde un contexto más amplio, este tipo de situaciones ponen en evidencia que, la comunicación no es nunca pura estrategia que se produce en el vacío sino que tiene efectos y consecuencias que marcan límites importantes a la hora de enfrentar acontecimientos trágicos como los que se atraviesan en los últimos días. He allí el problema profundo que desborda al macrismo y su modo de comunicar. He allí el punto flaco en lo que parecen ser expertos y hoy tiene al gobierno naufragando haciendo inaudibles sus palabras. Detengámonos un poco más en detalle sobre este punto.
Creemos que las imposibilidades con las que se topa el ejecutivo nacional para poder reaccionar satisfactoriamente a esta crisis son inherentes a su modelo comunicacional – no casualmente su incapacidad de dar respuesta en situaciones límite comienza a volverse a estas alturas algo recurrente. Vale recordar el lamentable manejo que hizo durante la desaparición de Santiago Maldonado o los escasos y repudiables comentarios referidos al asesinato del joven mapuche, Rafael Nahuel, el fin de semana pasado. Y esto es precisamente porque construye todo su entramado comunicacional a partir de la ausencia de la tragedia, de la desdramatización y banalización de la actividad política a la que considera poco interesante para los ciudadanos (Duran Barba dixit). Entonces, qué es lo que ocurre cuando todo lo que hay es drama, cuando nos enfrentamos con un evento de características trágicas que se torna ineludible para todos y cuando la política evidencia su centralidad para la vida comunitaria. Ante eso queda lo que se ve, un monstruoso aparato mediático-estatal en silencio, expresándose apenas a través de un vocero de las fuerzas armadas. El resto es silencio. Y no puede ser otra cosa porque el modo en que se presentó a la sociedad, la forma que asume su modelo de comunicación limita su margen de acción, torna menos creíble otras opciones y restringe el relato. Si todo el tiempo se evitó hablar de política porque a nadie le interesa y se sostuvo que bastaba con gestionar bien, ante la evidencia de que la política y su cara más dramática se cuela por todas partes y que la gestión no fue eficiente, la ausencia de respuestas y la incapacidad de palabra se tornan la única resolución posible. Por ello, insistimos, la comunicación no se reduce a una estrategia todopoderosa construida en el vacío sino que tiene incidencias profundas que condicionan las decisiones futuras y evidencian los rasgos ideológicos de todo espacio político.  
Para cerrar, el problema del macrismo, entonces, no es, como se repite por estos días, que le falta comunicar o manejar la crisis, su real inconveniente es que ideológicamente no puede comunicar otra cosa que no sea el silencio hiriente de su pragmatismo, como un submarino perdido que no logra volver audible su señal. Su problema no es comunicacional, es político y radica en no poder comprender el carácter dramático (e irresoluble) de la organización de la vida en sociedad y las consecuencias que toda decisión supone. 

Link a la nota en Alrevés  : https://goo.gl/mUzriH   

miércoles, 27 de septiembre de 2017

¿Qué hacer con la crítica?





Durante las últimas décadas venimos asistiendo a una suerte de tiranía de la opinión pública. Los políticos se desviven por saber “qué quiere la gente” y parecen estar dispuestos a comprometerse a cualquier cosa con tal de erigirse como un líder que “sabe lo que la gente quiere”. Esta hipersensibilidad con la opinión pública, lleva a los dirigentes no sólo a cambiar sus opiniones, sus propuestas y hasta sus convicciones más profundas, sino que inclusive contratan coaches que los entrenan para transformarse en alguien de mayor agrado para “la gente”. En este clima, los políticos están sumamente atentos a lo que se dice de ellos, a la “imagen” que la sociedad va adoptando de cada uno de ellos, porque de lo que se trata es de reforzar los elementos positivos de su propia imagen y poner todos los esfuerzos en cambiar aquellos que la opinión pública estima negativamente.
Así, por ejemplo, los grandes fantasmas que acechaban la imagen de Mauricio Macri (sus modismos de clase, la lejanía que transmitía respecto a los sectores populares, su perfil decisionista-empresarial, etc.) fueron meticulosamente trabajados, pieza por pieza, para lograr un estilo de liderazgo compatible con las demandas sociales de la época. Pero esta lógica de la política contemporánea parece no admitir fronteras ideológicas.
Unos de los lugares comunes que refuerzan la imagen del kirchnerismo como un grupo fanatizado es su limitada capacidad para procesar las críticas recibidas. Muy particularmente en el caso de su líder. Los oídos sordos que primaron dentro de ese espacio político fueron presentados como el síntoma de un modo de relacionarse con sus detractores. Así, su silencio frente a las críticas representó una manera de entenderlas: básicamente se tratarían de operaciones político-mediáticas orientadas exclusivamente a esmerilar la legitimidad de su proyecto político. En este razonamiento, responderlas o dar cuenta de ellas, sería siempre un gesto de debilidad política. Desde el punto de vista del mainstream de la comunicación política, esto es un verdadero sacrilegio y, justamente por ello, el kirchnerismo fue y sigue siendo calificado como parte de una vieja política (supuestamente estructurada a partir de liderazgos mesiánico y omnipotentes, cuyo olfato político basta y sobre para tomar decisiones).
Sin embargo, en los últimos tiempos, la cosa parece estar tomando otro color. Si atendemos a las últimas intervenciones públicas de CFK y, sobre todo, a su estrategia comunicacional durante las últimas PASO, no sería exagerado sostener que se produjo un cambio. El lugar de escucha y sus muy dosificadas intervenciones a lo largo de la última campaña, así como el uso de escenarios 360 y el protagonismo de ciudadanos “de a pie”, parecen ser la muestra cabal de un reconocimiento a la crítica tan extendida en términos de grupo cerrado, altamente ideologizado y muy refractario no sólo a quien piensa distinto, sino inclusive a cualquiera que pretenda algún tipo de acercamiento matizado.
Pero no todo es tan rudimentario en la comunicación política. No hay una linealidad tan simple en la política. Ni la emergencia de críticas es un proceso espontáneo en el seno de la sociedad civil, ni detectarlas tampoco resulta evidente, ni es para nada sencillo saber qué hacer para contrarrestarlas. A pesar de que muchos sentidos comunes lleven a pensar que la única manera fehaciente de reconocer las críticas es a través de un cambio comportamental, ésta no es la única posibilidad. El coaching no siempre es la solución, ni tampoco es una alternativa válida para cualquiera.
Es obvio que el desafío en toda estrategia electoral es sumar votos. Lo que no es nada obvio es cómo hacerlo sin perder los propios. Si a cada crítica se le responde cambiando el modo de actuar, se corre el riesgo de que por sumar apoyos críticos se pierdan algunos de los propios. De hecho, no han faltado voces señalando que esta supuesta duranbarbarización de CFK es el síntoma de su propia debilidad política, que son los últimos manotazos de ahogado por parte de una dirigente que se encuentra en el ocaso de su carrera política.
Parecen quedar pocas dudas de que CFK debe llenar de poros la rígida frontera entre sus seguidores y sus detractores, a partir de la hipótesis de que éstos últimos no son homogéneamente recalcitrantes a su proyecto político y que allí aún tiene votos por pescar. Para ello las únicas alternativas no pasan por transformismos audaces. También, por ejemplo, se puede intentar neutralizar las críticas a través de diversas estrategias retóricas.
Por ejemplo, un mote generalizado es el tono crispado de CFK, particularmente en sus recordadas cadenas nacionales. No es nada claro que “la gente” espontáneamente haya construido esa caracterización de CFK, pero tampoco es nada evidente que la respuesta debe pasar por una CFK sonriente, cálida y amable. Una CFK dirigiéndose a sus seguidores al modo de un pastor evangelista, sería tan poco verosímil que no sólo no lograría sumar esos votantes que la abandonaron porque “se cansaron de sus malos tratos” sino que inclusive sus propios seguidores podrían verse desidentificados frente a una líder rendida a los designios de lo políticamente correcto.
En este tipo de situaciones, una alternativa podría pasar por intentar neutralizar esas críticas procurando que esos sujetos vean y valoren de otro modo aquello que critican. No que cambien su opinión, sino que vean en otros términos eso mismo. No se trata de que dejen de ver a CFK en esos términos negativos y que pasen a verla positivamente, sino que esos defectos señalados pierdan peso a la hora de decidir el voto.
Si partimos de la base de que no es verdad que el tono enojado de un dirigente siempre sea algo negativo ya que en muchas ocasiones puede ser sinónimo de férreas convicciones. Que tampoco es verdad que la falta de diálogo con opositores sea unívocamente algo malo en política; sino que a veces puede ser el indicador de un rechazo al carácter corporativo que en ocasiones toman las negociaciones entre dirigentes. Y tampoco es menos cierto que, como señaló la propia Carrió, la política tiene una función pedagógica y que, por lo tanto, no siempre es malo un discurso que busque bajar un lineamiento determinado. Entonces siempre hay un margen para hacer que el enojo o los malos modales no sean vistos tan negativamente. Seguramente sería desmesurado pretender que sean valorados positivamente, pero si puede buscarse neutralizarlos como determinantes del voto. Por ejemplo, CFK podría buscar equilibrar la crítica a su tono crispado ofreciendo una explicación, un relato que lo vincule a valores definitivamente positivos, como los de defender el interés de las mayorías, el de resistir los embates de los poderes fácticos, o el tener que afrontar las traiciones de una clase dirigente cooptada por intereses corporativos.
Algo por el estilo fue lo que hizo Macri con su rol de empresario. En Argentina, el término empresario está asociado a un sinfín de valores negativos: ambición, avaricia, evasión, etc. Macri logró, mediante un minucioso trabajo, que lo empresario sea más bien relacionado con valores positivos, tales como la innovación, la audacia, el emprendedorismo o la generación de empleo.
La capacidad de CFK de revertir y neutralizar críticas está por verse. Lo que parece cada vez más claro es que su serte política depende de ello.




jueves, 10 de agosto de 2017

¿Qué Votamos el Domingo?

De cara a las PASO del domingo, nuestro director estuvo analizando la campaña de los diferentes espacios en el programa radial de Cristian Maldonado.


miércoles, 2 de agosto de 2017

miércoles, 26 de julio de 2017

Neoliberalismo cordobés

Hablemos de Córdoba, hablemos del neoliberalismo cordobés, más conocido como "cordobesismo". Columna completa de nuestro director en el programa de Cristian Maldonado

miércoles, 12 de julio de 2017

Randazzo ¿abre un nuevo espacio?

Cómo todos los miércoles nuestro director paso por "Nada del Otro Mundo" programa radial de Cristian Maldonado, compartimos la columna completa.

viernes, 7 de julio de 2017

El PJ cordobés ante las elecciones del 2017

Por Juan Manuel Reynares 

Hace 19 años que el peronismo gobierna la provincia a la cabeza de una alianza, Unión por Córdoba, convertida en una etiqueta electoral de amplio rédito ¿Por dónde pasa la renovación?

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Las elecciones legislativas de medio término en sistemas presidencialistas como el nuestro suelen actuar como un plebiscito de la gestión nacional en curso. Los números que arrojen los comicios darán lugar a las más variadas interpretaciones sobre el mayor o menor apoyo que coseche Cambiemos y qué márgenes tendrá para implementar su política de ajuste en la disputa que ya se ve venir en 2019. Pero no es el único dato que nos dejará octubre. Al definir representantes por cada distrito, esta votación se desarrolla con dinámicas propias en cada provincia, poniendo en juego la múltiple y compleja trama de historias, conveniencias, lealtades y jerarquías que se tejen allí. Todo ello matizado parcialmente por las relaciones que el partido gobernante decide, y es capaz de, establecer tanto con sus aliados como con sus opositores locales.
Las legislativas muestran el estado en que cada fuerza partidaria se encuentra a mitad del camino que separa los comicios generales. Por eso merece la pena detenerse en lo que está pasando durante estos meses en el peronismo cordobés. Y para eso, la vista debe alejarse hasta el momento en que comenzó a estructurarse como lo conocemos hoy, para luego volver a la antesala de estas elecciones  de 2017.
Hace 19 años que el peronismo gobierna la provincia a la cabeza de una alianza, Unión por Córdoba, convertida en una etiqueta electoral de amplio rédito y que cobija dirigentes partidarios, empresarios y técnicos de un amplio abanico de la derecha local, como el demócrata cristiano Juan Brugge en Cámara de Diputados, Osvaldo Giordano de la Fundación Mediterránea en el Ministerio de Finanzas o, en su momento, el ucedeísta de origen Javier Pretto, hoy presidente del PRO en Córdoba.
En esos 19 años, el dominio partidario de José Manuel De la Sota se complementó con el de Juan Schiaretti en una relación cada vez más horizontal en la que la conveniencia no anula algunas de sus diferencias. El peronismo cordobés vuelve a presentar candidatos, con un liderazgo bifronte y una tropa alineada, contextualizando su presente en el panorama más amplio de la historia contemporánea de este actor político.

De la Sota elige, Schiaretti se acomoda
El 4 de abril de 1987, De la Sota asumía la presidencia del Consejo Provincial del Partido Justicialista. Eran tiempos de una renovación que pretendía desprenderse de los “mariscales de la derrota”, aquellos que habían echado a perder el axioma argentino vigente hasta 1983 de que en elecciones libres ganaba el peronismo. Antes de ganar las internas de marzo de 1987 por más del 80 por ciento, De la Sota se había presentado a las elecciones para la Convención Constituyente de ese mismo año por fuera del PJ, en alianza con la Democracia Cristiana, y le había ganado a la dirigencia peronista que encabezaba un ya viejo Raúl Bercovich Rodríguez.
En pocos meses, el PJ cordobés pasó de ser un bastión contra la dependencia y el imperialismo ‒como puede observarse en las actas de aquella Convención Constituyente‒ a convocar como candidato extrapartidario con grandes esperanzas de ingresar al Congreso, nada menos que el tercer lugar de la lista, a un joven economista llamado Domingo Cavallo.

Desde su inicio la estrategia delasotista pretendió consolidar su posición apelando a la convocatoria de extrapartidarios. Fue un adelantado a la moda impuesta en los años ‘90. Los gestos de apertura que tuvo a lo largo de su larga trayectoria como opositor siempre apuntaron en un mismo sentido, abriendo una curva que alcanza su punto más alto en la construcción de Unión por Córdoba (UpC) en 1998. A lo largo de esa parábola, el PJ pasó de ser considerado un partido-movimiento a convertirse una plataforma para la llegada de intachables miembros de la sociedad civil que aparecían como la solución mágica de los problemas del Estado, siempre elefantiásico y único culpable de la situación crítica de nuestra provincia y del país.
Un antecedente claro fue la Unión de Fuerzas Sociales que en 1991 llevó a De la Sota como candidato a gobernador y a Carlos Briganti, un dirigente ruralista de la Confederación de Asociaciones Rurales de la Tercera Zona (Cartez) como vice. En esa ocasión, el primer lugar de las candidaturas para la Cámara de Diputados nacionales fue para el empresario Juan Carlos Crostelli, del Grupo Minetti.
Esta estrategia, surgida al calor de una convicción ideológica más que de un cálculo electoral, no le hizo fácil la vida partidaria a De la Sota. Las derrotas en las elecciones para gobernador de 1987 y 1991 frente a Eduardo Angeloz y la presencia nada cómoda de Carlos Menem ‒bajo las figuras de Julio Aráoz, Leonor Alarcia y una intervención partidaria‒ lo pusieron en aprietos. La incorporación de Schiaretti en los equipos de Cavallo y su desembarco en la provincia en los primeros años ‘90 tampoco ayudaron.
En 1993, en unas internas con denuncias cruzadas de fraude, Schiaretti ganó con una leve ventaja sobre Aráoz y De la Sota ‒ habían sacado alrededor de 30 puntos cada uno‒ y fue el primer candidato a diputado nacional del PJ. Pero De la Sota sacó chapa de jugador dentro de un PJ mediterráneo tironeado desde varias puntas, volvió a la presidencia del Consejo Provincial en 1997 y para mediados del año siguiente tenía todo listo para otra alianza con actores locales de derecha, que esta vez se llamaría Unión por Córdoba.
Para que UpC naciera después de una década de una soterrada oposición interna, De la Sota acordó con Menem la aprobación de la re-reelección y la incorporación de Germán Kammerath en la fórmula como prenda de paz, a cambio de recursos de campaña y espaldarazo oficial. Al mismo tiempo De la Sota debió imponerse sobre varios dirigentes de peso  como el riocuartense Humberto Roggero y el mismo Schiaretti. En septiembre de 1998 el candidato de UpC a la intendencia de Córdoba surgió de una interna que enfrentó a Kammerath, Schiaretti y Luis Juez. La victoria del primero ‒cara visible de la Ucedé y exfuncionario menemista respaldado por De la Sota‒ obligó a sus contrincantes a acompañar a UpC, con perfiles propios y por tiempos dispares.
A diferencia de Luis Juez, fiscal anticorrupción durante algunos meses y posterior archirrival de De la Sota, Schiaretti no sostuvo un perfil opositor por mucho tiempo. La definición de los equipos de trabajo de UpC apenas alcanzado el gobierno de la provincia en julio de 1999 combinó, por un lado, un reparto de responsabilidades centrado en De la Sota y con funcionarios de segundo orden de perfil profesional no partidario (especialmente en lo referido a las finanzas, como José Las Heras, Angel Elettore o más tarde Giordano), y por el otro, la cesión de lugares para dirigentes de largo aliento en el PJ local. Schiaretti ocupó el Ministerio de Producción y a partir de febrero de 2002 el de Finanzas.

Así se construyó la estructura del PJ cordobés que hoy gobierna la provincia: a partir de una victoria delasotista en alianza con sectores empresariales y partidos liberales que no desdeñó el apoyo de antiguos competidores. Siendo vicegobernador en 2003 y gobernador entre 2007 y 2011, Schiaretti se erigió en el segundo dirigente en la coalición dominante del PJ dentro de UpC. Este PJ define por estos días su lista de candidatos para las legislativas de octubre ante un escenario electoral novedoso por el avance del PRO y su alianza con la UCR. En ese contexto, la decisión de De la Sota de no ser el candidato del peronismo cordobés ‒sosteniendo explícitamente que prefiere reservarse para ir por la presidencia en 2019 y que, de paso, en estos comicios se fogueen dirigentes jóvenes en el PJ local‒ ha trastocado el esquema de posibilidades electorales del partido y pone en evidencia dos cuestiones centrales para la vida política cordobesa: por un lado, que cualquier transformación del PJ pasará por la todavía fuerte coalición dominante entre De la Sota y Schiaretti; y por el otro, la facilidad con que el PJ cordobés le acomoda la mesa al gobierno nacional.

Esperando la carroza
A pesar de que los partidos ya no son lo que eran, es importante detenerse a pensar lo que sucede con el PJ cordobés en el doble nivel que le supone ser un partido de gobierno hace ya casi 20 años. Tratar de entender lo que pasa con el partido predominante de la provincia requiere poner un ojo en el gobierno -tanto al nivel del poder ejecutivo como al de la Unicameral- y el otro en la interna partidaria. Pero como siempre se vuelve borroso cuando se multiplican los focos de atención, es mejor notar que las diferencias internas suelen definirse a través de la gestión. Quizás los contrastes en las políticas de memoria y derechos humanos que han tenido un gobernador y otro puedan demostrar una de esas distancias. Mientras De la Sota tiene un vidrioso pasado durante la dictadura y no ha perdido ocasión para desmerecer el lugar de Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, además de reducir sustancialmente los recursos para estas áreas de gestión en la provincia; Schiaretti ha reivindicado el proceso de juzgamiento a genocidas y estuvo en primera fila en la lectura de la sentencia de la Megacausa La Perla.
No obstante, esas diferencias son las menos. Por sólo mencionar un aspecto, a lo largo de sus trayectorias dirigenciales ambos han defendido una visión neoliberal sobre la relación entre política y economía, que no supone una reducción del Estado sino su transformación bajo los únicos parámetros de la eficiencia, subsumirlo bajo una lógica empresarial en expansión. En este caso, Schiaretti es un animal político mucho más complejo: atravesado por los ‘70, pero también por las ideas económicas que explotaron en los ‘80, la década de su experiencia como directivo de Fiat Brasil y su contacto nada fugaz con la Fundación Mediterránea y Cavallo. Se podría incluso extremar el argumento y sostener que la condición de posibilidad de este equilibrio interno del PJ es la común identificación de sus principales líderes con un vocabulario neoliberal que no sufrió ningún cuestionamiento de peso desde su constitución, allá por los ‘80, y tampoco más acá, en aquella primera gobernación que sobrevivió a la crisis de 2001.
El tema es cómo funciona esa coalición entre De la Sota y Schiaretti frente a las legislativas de octubre. El paso al costado de De la Sota ‒luego de meses de conjetura de que ocuparía el primer lugar de la lista‒ y la convocatoria a una “renovación” de dirigentes abren un espacio para el análisis del futuro del PJ local. Ante eso, resulta imprescindible conocer al resto de sus jugadores, especialmente los intendentes peronistas (o los jefes políticos municipales, como Martín Llaryora en San Francisco).
Si la política partidaria de cualquier color necesita los recursos del Estado en sus diversos niveles, aquellos que controlan las nada despreciables cajas municipales suelen acercar al resto de los nombres en danza para negociar puntos de apoyo dentro del partido. Todo esto pone en evidencia la importancia de estudios sobre la política local reciente que articulen sus dimensiones estratégica, institucional e ideológica. En este caso, lo que parece emerger es un escenario de recambio dirigencial “por el centro”: para alcanzar el vértice del peronismo local no es necesaria, ni posible, una gran transformación o discutir el liderazgo del PJ a pesar de la edad de De la Sota y Schiaretti.
Como sostiene el politólogo italiano Angelo Panebianco, en casos como éste, donde la coalición dominante aparece cohesionada, los canales de comunicación no hacen mucho ruido y los vínculos con los actores externos son prerrogativa de los líderes, la renovación del PJ parece que sólo podrá venir del interior de la organización partidaria. Una renovación del PJ bajo estas características supone acercarse a los líderes ya establecidos, ocupar cargos de confianza, y luego acceder a la magistratura asegurando una continuidad de nombres -no sólo de los funcionarios sino esquemas de trabajo con años de antigüedad que se cuentan por miles de empleados- y, no menos importante, de ideas.

Lo que quiere plantearse como una “renovación natural” de viejos por jóvenes, marcada por la inexorabilidad de la vida, es en realidad un recambio de dirigentes desde el centro del partido, porque los jefes políticos siguen controlando los recursos del PJ y, sobre todas las cosas, han persuadido al resto de los compañeros que nadie por ahora podrá controlarlos mejor.
Esta limitada renovación etaria no sólo expone algunos rasgos de la dinámica organizacional del PJ. Muestra además algunos aspectos de la política actual en referencia al sistema de partidos local y a su dimensión ideológica. En primer lugar, es necesario recordar que las ansias renovadoras del PJ cordobés aparecen en el medio de una muy clara connivencia estratégica del partido gobernante provincial con el nacional, el principal interesado en preservar su caudal electoral de 2015, teniendo en cuenta las dificultades que avizoran sus jefes en el resto de los distritos centrales del país. Allí radica la posibilidad, a medias vox populi en Córdoba, de un acuerdo entre De la Sota, Schiaretti y Macri para “retirar” a De la Sota, el candidato que más sombra le hacía a la coalición Cambiemos en Córdoba. Es por el espaldarazo de esa dirigencia, casi mimetizada con la figura presidencial del PRO, por el que disputan la interna los “jóvenes” peronistas.

Esto nos lleva a apuntar una última nota. La renovación por el centro a la que apuestan los dirigentes del PJ, tanto los que se empiezan a ir como los que están llegando, es sintomática de una ausencia de discusión respecto de los esquemas de sentido más amplios en que se inserta la acción del Estado, sus formas de intervención y los lugares que cada sector de la sociedad ocupa en la toma de decisiones. Así, a lo largo de la pretendida renovación con que se caracteriza la primera candidatura del hoy vicegobernador Llaryora ‒junto con el tercer lugar del casi desconocido presidente de la Agencia Joven Paulo Cassinerio, y el cuarto puesto para el legislador provincial Daniel Passerini‒ no se pone en juego el modo en que el peronismo cordobés ha construido el grueso de su proyecto político. Allí, la seguridad es cosa de policías; la economía, cosa de empresarios -no de trabajadores- ; la decisión pública, asunto de expertos.
Esta falta de debate acompaña una retracción democrática de la que es ejemplo lo que viene sucediendo con la discusión sobre la legislación del bosque nativo [1] donde se desincentiva la participación ciudadana y se privilegian intereses concentrados. Sólo parece existir el mecanismo del voto cada par de años, y en esas ocasiones las campañas llevan al extremo los dictados del marketing electoral: la inclusión de alguna estrella local en la lista o en las publicidades, y una propuesta de mucho impacto mediático, un blockbuster electoral como el Plan Primer Paso en su momento, o el Boleto Gratuito en los últimos años [2]. Esta hipótesis no es cosa de extremos: todo partido usa encuestas y otras técnicas de los estudios de la opinión; todo gobierno consulta expertos y conversa con empresarios. El tema es hasta dónde se reduce el gobierno y la política a la gestión de expertos mientras se desactivan iniciativas de organización y movilización populares.
Así, en el silencio acomodaticio de los que pretenden simplemente heredar la enorme estructura partidaria del PJ, se observa un escenario de consolidación de un modo empresarial de pensar y hacer política que aleja cada vez más al peronismo local de su tradición nacional y popular.

[2] (https://www.youtube.com/watch?v=S6QzbFWoxMY;  https://www.youtube.com/watch?v=Ttzj-5HC-0M)


martes, 4 de julio de 2017

Sobre la forma del debate electoral




Las listas se cerraron y el debate electoral de cara a las legislativas va tomando sus particularidades. Un diagnóstico que va diseminándose es que la estructuración polarizada va asumiendo la forma de un debate entre “aquellos que quieren volver al pasado” y entre “aquellos que renovarán sus votos con el cambio”. En concreto, los argentinos debatiremos entre el pasado y el presente-futuro. Ahora bien, tampoco es menos cierto que la cuestión del tiempo, no en términos climatológicos por supuesto, sino en términos más bien cronológicos, es de algún modo una constante en toda disputa por el apoyo ciudadano. En casi cualquier elección aparece la pregunta por el presente: ¿cómo es nuestro presente? ¿qué hay de bueno y qué de malo en nuestro presente? Y ello automáticamente lleva a la pregunta por el pasado: ¿Qué se hizo en el pasado que explique tanto lo bueno como lo malo? ¿Qué decisiones se tomaron que explican nuestra actualidad? ¿Quiénes son los responsables? E invariablemente, también aparece el futuro: Dado este presente ¿cuál será nuestro futuro? ¿Qué bondades y qué problemas nos depara el futuro?
Desde este punto de vista, las próximas elecciones de medio término podrían hacerse inteligibles a partir de esta relación entre discurso político y tiempo. Y ello, nos sitúa frente a la pregunta en torno a las singularidades que en este caso va tomando la relación entre pasado, presente y futuro. 
El kirchnerismo, ya desde su primera elección en el poder allá por el 2005, tuvo una manera de relacionar pasado con presente y partir de allí proyectar un futuro. La lógica del argumento es más o menos la siguiente: la crisis del 2001 fue el corolario inevitable del avance del neoliberalismo que, desde la última dictadura, implicó un proceso de fuerte endeudamiento, desfinanciamiento del estado, desindustrialización, crecimiento del desempleo, de la pobreza y la marginalidad. Allí estaba la explicación de lo malo de nuestro presente. Los problemas del país obedecen a un conjunto de políticas (que implican decisiones concretas realizadas por personas concretas) que se fueron desplegando durante las últimas cuatro décadas a partir de un modelo de país “para pocos”, según su propio lenguaje. Mientras que lo bueno del presente responde a decisiones que el propio gobierno kirchnerista había tomado: desendeudamiento, estatizaciones, AUH, Jubilaciones, subsidios, paritarias, Progresar, Procrear, Conectar Igualdad, etc. Ello hacía que la lógica del argumento electoral tomara básicamente la siguiente forma: “este gobierno tomó decisiones (no sin enormes costos políticos) que te favorecieron, que hicieron que el mismo esfuerzo individual que siempre le pusiste a tu trabajo ahora rinda muchos más frutos que durante la larga noche neoliberal”. En concreto: “te di, te favorecí, por eso te pido tu voto, tu apoyo”. Es lo que la literatura politológica ha denominado construcción de legitimidad en base a resultados. Y en esta trama argumentativa, el futuro “naturalmente” aparece como promisorio: si hoy estoy mejor porque hay un gobierno que toma decisiones que me favorecen, entonces el mañana nunca podrá ser peor; si el gobierno toma decisiones que me favorecen, el futuro invariablemente será mejor.
Es cierto que el kirchnerismo no se presenta como pura disrupción toda vez que encuentra en el pasado una línea de continuidad de sus decisiones políticas presentes, aquella que está trazada por las múltiples maneras de resistencia al despliegue del modelo neoliberal en el país.
Mientras que por el lado del oficialismo la cuestión resulta muy diferente. Este año Cambiemos se estrena electoralmente siendo gobierno, y también parece ofrecer a la ciudadanía su relato sobre el pasado, el presente y el futuro de los argentinos. Para el gobierno de Macri, el problema no es el neoliberalismo sino el populismo. Nuestro pasado estuvo signado por gobiernos demagógicos e irresponsables que no hicieron más que dilapidar las oportunidades por el viento de cola de distintos contextos internacionales. Por eso estamos como estamos, se derrochó una oportunidad histórica tras otra porque “no se hizo lo que había que hacer” para lograr un presente mejor. Al contrario, se fijó una suerte de relación perversa de mutua conveniencia entre una clase dirigente inescrupulosa que en sus ansias de mantenerse en el poder repartió a diestra y siniestra y una ciudadanía “cómoda”, “facilista” o “pícara” que, dada su falta de cultura cívica, apoya gobiernos a cambios de beneficios cortoplacistas. Por lo tanto, para que el futuro sea más promisorio, hay que actuar con responsabilidad y seriedad para realizar “lo necesario”. Ahora bien, el corolario de esta retórica es que el presente es doblemente malo: es malo por el pasado populista, y es malo porque en el propio presente se están tomando las medidas necesarias para cortar con esa historia de derroches y encauzar al país en la dirección “correcta”. Así, el verdadero futuro sólo es consecuencia del esfuerzo y el sacrificio individual. Como si hubiese una relación de suma cero entre presente y futuro: todo lo que me sacrifique ahora, todo el esfuerzo presente sin retribución inmediata, serán los beneficios del mañana. Así, sostener el apoyo de la ciudadanía depende ante todo de la capacidad del gobierno para mantener las expectativas de que se está yendo por el rumbo adecuado, con cierta independencia de si aparecen o no resultado palpables en el camino.

Pero el macrismo también reconoce en el pasado las condiciones de posibilidad de su propuesta presente. La historia argentina no es una historia de partidos políticos, de élites sociales o culturales, ni de gobiernos ni de proyectos colectivos. Para el mundo Pro, la historia argentina también evidencia ciertos atributos positivos de los argentinos individualmente considerados. El abandono del populismo es posible porque en los argentinos también encontramos valores como el esfuerzo personal, el talento, la creatividad, el ingenio, etc.
Estas dos maneras de relacionar el tiempo con la política, también implica una manera de entender al otro-adversario. Si en el macrismo impera esta mirada despectiva de los movimientos populares y los gobiernos redistributivos, tampoco es menos cierto que en el kirchnerismo prima una visión de sus detractores en términos de ciudadanos alienados incapaces de actuar en base a su propio interés o que sufren de una extraña manifestación del síndrome de Estocolmo que los lleva a apoyar a sus propios verdugos.
Lo que está claro, es que entre ambos lenguajes hay un abismo y que por tanto no hay lugar a una síntesis superadora de ambos. Por ello creemos que en estas elecciones, como viene sucediendo desde 2003 por lo menos, lo que se juega son dos modelos de país, que implican dos modos irreconciliables de entender nuestra propia historia, de explicar nuestro presente y de construir un futuro.



sábado, 1 de julio de 2017

Panorama





El “poder económico” es quien realmente gobierna la Argentina desde hace tiempo, con presidentes a favor o en contra, el poder económico sigue determinando nuestra realidad en mayor medida que cualquier Presidente, cómo diría ese oscuro empresario del medio, “puesto menor”.
Gobierna porque determina el contexto, utilizando una herramienta a lo largo de los años que parece no fallar. Así lo describe Pablo Stancanelli: “Si hay un dispositivo que condicionó la autonomía y el desarrollo de la joven democracia argentina, éste ha sido por lejos el de la deuda externa (…) contrariamente a otros países como Brasil que se endeudaron para completar su proceso de industrialización, el Estado argentino lo hizo para “solventar la especulación, la fuga de capitales, la compra de armamento y la demanda de consumo” importado, favoreciendo a las élites agrarias y los grandes grupos económicos y financieros” [1]. Aquí el periodista no se refiere a la política económica de Macri sino a la política económica de la última dictadura cívico militar.
En una reciente entrevista el actual Ministro de Finanzas, Luis Caputo afirmó: “El financiamiento (deuda) es necesario porque hay que llevar a cabo todas las obras de infraestructura que no hizo el gobierno anterior. Es inaceptable que los ciudadanos del conurbano no tengan cloacas, ni agua potable, ni calles de asfalto. No puede ser que no tengamos trenes de carga. No podemos seguir transitando por rutas destrozadas que sólo encarecen costos y generan accidentes. Para hacer todas estas obras es que nos financiamos.” Desde lo discursivo se afirma que se van a  hacer las obras que no hizo el gobierno anterior gracias a la toma de deuda. En la práctica caída total en 2016 de la obra pública con un leve repunte del sector en 2017, aunque precario en términos absolutos, debido a que muestra altas tasas de crecimiento frente a los primeros meses del año pasado, cuando el Gobierno mantenía prácticamente congelada la obra pública. [2]
Stancanelli describe como la deuda externa contraída durante la última dictadura, en lugar de activar productivamente a la Argentina, favorece al agro y a los grandes grupos económicos y financieros. Las coincidencias con las políticas actuales, se dan en dos sentidos, en primer lugar por los altos volúmenes de endeudamiento y en segundo lugar lejos de utilizar el endeudamiento para favorecer a la mayoría de los argentinos (ya que finalmente son quienes pagaran), se lo hace en beneficio de los sectores más concentrados de la economía.















En este contexto de nos endeudamos todos, pero se acabó la “ilusión” de los celulares, los autos y los viajes al exterior para los empleados medios, se aproximan las elecciones de medio término. En el oficialismo, Macri o si se quiere el PRO como quien despersonaliza un poco la política,  logró mantener su alianza electoral “Cambiemos”, siendo la única fuerza que competirá en todo el país. A lo que se suma que la configuración de las listas reconfirma el liderazgo de Macri indiscutidamente dentro de la alianza.
Cambiemos desarrolló un trabajo muy certero en cuanto a su estrategia digital durante la campaña de 2015. Cabe destacar el discurso amigable que mantuvo en las Redes Sociales con promesas utópicas e indiscutibles a su vez, tales como “acabar con el narcotráfico”. Las redes son el lugar ideal para decir algo así, por el uso que hacemos de estas, buscamos en ellas entretenimiento, la mayoría de los usuarios de Redes Sociales como Instagram, Facebook, Snapchat, no están buscando cambiar el mundo, ni hacer justicia, simplemente están buscando felicidad, placer, risas, momentos graciosos, buenos recuerdos, allí reside el éxito de la prosa Cambiemos. La coyuntura le permitió prometer “acabar con la pobreza” y perforó de manera indiscutida en algunos sectores.
Sin embargo, luego de un año y medio en el poder, parece haberse obsesionado con este recurso. No todo es color de rosa, al Call Center oficialista la gestión lo lleva a operar contra paros y movilizaciones, se ataca y agrede a opositores y a cualquiera que sea crítico. Las promesas siguen presentes a pesar de ser gobierno: “lluvia de inversiones”, “el famoso segundo semestre”, “la luz al final del túnel”.

Lo interesante es que Cambiemos deberá cambiar su lógica discursiva para esta campaña, el ahora oficialismo ya no podrá decir que acabar con la inflación será lo más fácil, tampoco podrá decirle a la gente que no van a perder ningún derecho adquirido.
Las medidas del oficialismo nacional, lejos han estado de resolver el problema inflacionario, incluso se ha llegado a agravarlo, lo mismo ocurrió con la pobreza. En 2014 la oposición encabezada por Massa se movilizaba detrás de ganancias y el 82% móvil. Hoy, esa oposición pide bajar los precios del pan y la leche. Los retrocesos son innegables. Aquí parece residir el porqué de la intención de voto a CFK, más allá de los porcentajes, lidera en todas las encuestas.
La lógica de Cambiemos fue acusar al kirchnerismo de corrupto, de antidemocrático, de intolerantes, mientras afirmaban que acabarían con las divisiones uniendo a los argentinos, serían implacables con la corrupción y velarían por el correcto funcionamiento de las instituciones. Acusar al otro de lo que yo soy para que no se me acuse a mí de eso. En el mundo mágico de Disney cuando Pinocho miente le crece la nariz. Aquí, lejos de Disney, cuando el gobierno nos miente crece la deuda externa.



[1] Pablo Stancanelli – “La fiebre de la deuda” - http://bit.ly/2sG0srb

miércoles, 28 de junio de 2017

Pasado, Presente y Futuro

Cómo todos los miércoles pasó Andres Daín por Nada del Otro Mundo programa radial de Cristian Maldonado, compartimos aquí la columna completa.


viernes, 23 de junio de 2017

CFK en Arsenal: El (nuevo) kirchnerismo de siempre.















Desde el año 2003 se han ensayado definiciones de lo más diversas para encasillar al kirchnerismo. Se ha dicho que era un "populismo de izquierda", se lo ha caracterizado como un "gobierno democrático con rasgos autoritarios", como una identidad política novedosa hija de la crisis con la que nuestro país comenzó el siglo XXI o como una versión apenas aggiornada del peronismo clásico, entre otras. Sin embargo, tengo la sensación que pocas veces nos hemos detenido en la impronta "normalizadora" u ordenadora que esta fuerza política pretendió instaurar en la política argentina. Pienso que es en esa clave que deberíamos poder leer el acto de CFK en Arsenal del último martes. Déjenme explicar esto un poco más en detalle.

Los primeros análisis sobre el acto de lanzamiento de Unidad Ciudadana pusieron el acento fundamentalmente en dos cuestiones: en primer lugar, detectaron una suerte de cambio estético/comunicacional, en el que varios se apresuraron a denunciar cierto tufillo duranbarbeano, que apunta a mostrar cercanía entre el líder y sus potenciales electores (el lugar y disposición del escenario, la ausencia de otros dirigentes en el mismo, la inclusión de "ciudadanos de a pie" que sufren los embates del neoliberalismo); en segundo lugar, pero estrechamente vinculado a lo primero, resaltan la búsqueda por "romper el techo", de convencer a los no convencidos, de hablarle a los que no son propios, de allí la "estrategia" de bajarle los decibeles a la grieta, de disminuir en la confrontación abierta y así presentarse como la encarnación de una "ciudadanía dañada" lo más abarcadora posible. Ambas cuestiones están siendo interpretadas como novedades dentro de la gramática K que históricamente (y de forma errónea) se la ha situado como ligada a la crispación y como restringida a interpelar a los militantes propios. Quisiera poner en cuestión este tipo de lecturas a partir de una breve genealogía del kirchnerismo y otorgándole centralidad a una frase pronunciada por la ex-presidenta que pasó relativamente desapercibida para varios, "le desordenaron la vida a la sociedad". La preocupación por un Orden, una palabra poco asociada a la experiencia de los últimos años (tanto por opositores como por seguidores) y que sospechamos que CFK, quizás no casualmente, se propone recuperar y rearticular.

En 2003 Néstor Kirchner llegó al gobierno con un 22% de votos y logró articular una serie de apoyos heterogéneos que incluían desde los organismos de derechos humanos hasta los gobernadores peronistas, de las agrupaciones piqueteras que reclamaban por sus necesidades básicas hasta el heredado aparato duhaldista de la provincia de Buenos Aires. ¿Cuál era el slogan de presidencia por aquellos días? Argentina, un país en serio. Un país en serio, "un país normal" como solía señalar el presidente en sus discursos de aquellos años. O como al poco tiempo se diría sobre su gestión, Kirchner comenzó a ordenar el Estado. Y aquí tenemos desde el comienzo una primera versión de estás dos ideas que venimos a resaltar: articulación amplia y orden. 

Con el 2007 llegaron los tiempos de la Concertación Plural, ese frente que incluía peronistas, radicales y dirigentes de otros espacios que confluían en la promesa de avanzar en una "mayor institucionalidad" una vez que el país había superado sus turbulencias más profundas. "Mayor institucionalidad" decían, ¿qué significa eso? Nuevamente la preocupación por profundizar un tipo de ordenamiento que se venía construyendo desde hacía cuatro años. Por segunda vez, frente amplio y propuesta de orden. 

Finalmente, 2011 y un cierre de campaña que tuvo muchas similitudes con lo sucedido en Arsenal esta semana. Una veintena de ciudadanos de a pie de diversos orígenes y realidades, sobre el escenario encarnaban en sus historias singulares los logros de ocho años de gobierno del FpV, sin apelación a las estructuras tradicionales (sin PJ, sin sindicatos). Un discurso emotivo, afectivo, ligeramente más confrontativo y mucho mas reivindicativo que el actual. Pero con un aspecto que resalta (y encuentra continuidad en el 2017), CFK se posiciona como garante de la institucionalidad, poniendo la épica que construye no al servicio de grandes utopías revolucionarias, cómo lo haría el setentismo que muchas veces se le achaca, sino de una épica de “un país normal”. La normalidad, la institucionalidad, la pluralidad y la unidad, en otras palabras, el orden, adquieren aquí una centralidad que pocas veces le es reconocida por extraños (que prefieren presentar al kirchnerismo como un conjunto de fanáticos con los que resulta muy dificultoso vincularse, de ahí la grieta) y por propios (que entran rápidamente en la disputa por demostrar ser el verdadero kirchnerismo y tienden a encontrar traidores ante la menor disidencia, de ahí el sectarismo) al fenómeno kirchnerista. 

¿Qué quiero señalar con esto? Que las dimensiones que se nos ofrecen como novedosas o rupturistas del lanzamiento de Unidad Ciudadana, no son completamente ajenas a la tradición construida por el kirchnerismo, el objetivo de ampliar su base se remonta a sus propios inicios y recupera buena parte de sus mejores momentos como experiencia política; y su apelación al orden y la normalidad lejos está de ser una inflexión en su discurso, más bien es una preocupación que se puede rastrear hasta los albores del 2003 y que ha rendido electoralmente. Así, el kirchnerismo se nos ofrece como un espacio que no vino simplemente a desordenar a la sociedad, sino que más bien propone un orden diferente (ese orden que como dijo CFK, ha sido desordenado). Ahora bien, vale decir que si el kirchnerismo es un discurso del orden, la disputa se traslada al sentido de ese orden que ya no puede ser único, neutral u objetivo, sino que será siempre efecto del triunfo de un determinado proyecto político. Quizás en esa discusión, por dar sentido al orden, a “lo normal”, es que está situada la coyuntura política hoy en nuestro país. Dicho de otro modo, el kirchnerismo ha politizado la propia noción de orden y lo ha hecho desde sus comienzos, mostrando siempre un modo-otro de ordenar el mundo. Un modo en que ordenar no significa terminar con la fiesta (“les hicieron creer que podían comprar celulares e irse al exterior”) sino mejorar las condiciones de vida de los millones de ciudadanos que hoy sufren al neoliberalismo en primera persona. Esa fue la propuesta del FpV y es la apuesta de la Unión Ciudadana que busca incluir a sectores heterogéneos en un frente amplio. Ese camino es el que señala CFK, precisamente porque es CFK, aunque a algún longevo columnista de La Nación le moleste…

miércoles, 31 de mayo de 2017

Notas sobre la entrevista a CFK.





Uno de los hechos políticos de la semana pasada fue la entrevista que la ex-presidenta Cristina Fernández de Kirchner brindo en el canal C5N. A partir de sus declaraciones la mayoría de los medios de comunicación y analistas políticos se concentraron en reflexionar acerca de las implicancias electorales de dicha intervención y en continuar especulando sobre la potencial candidatura de CFK en las elecciones legislativas de agosto-octubre. Si bien compartimos el interés que dicho aspecto tiene y el carácter relevante que esa (aun no) definición posee para la estructuración del tablero político, humildemente creemos que los conceptos allí vertidos tienen un alcance algo más amplio que el estrictamente electoral y evidencian algunas dimensiones de la política argentina que vale la pena no dejar de lado. A algunas de ellas les dedicamos las próximas líneas.

Uno de los puntos sobre los que insistió de manera recurrente CFK fue sobre el lugar o rol del Estado. A contrapelo de lo que algunos “nuevos aires de época” pretenden instalar (fin del populismo, achicamiento del gasto, etc.) e incluso más de un consultor aconsejar (el Estado es presentado como una caja negra en donde prolifera la corruptela y los desmanejos), la ex primer mandataria pareciera redoblar su apuesta. Lejos de alejarse de las medidas implementadas por su gestión o de dirigir su (tan reclamada) autocrítica a un exceso de Estado, Cristina manifiesta que de la actual situación se sale con más Estado y con más intervención de la que hubo en su gobierno (“Necesitamos una mayor presencia del Estado en la economía, controlando precios y regulando la venta de ciertos productos”). Lo interesante del señalamiento de Cristina – y más en un contexto electoral – tiene que ver con que expresa o sintomatiza una suerte de consenso (que ya ha sido destacada en este mismo espacio, http://consultorajwc.com.ar/wp-content/uploads/2015_07_23_notas_sobre_el_estatismo_argentino.pdf) en torno a la importancia que la intervención del Estado tiene para una porción importante de la ciudadanía argentina. Insisto, en contra de lo que “el cambio” vino a hacernos creer, perdura en la idiosincrasia de un porcentaje relevante de la población la idea de que el Estado no puede ser reducido a un “generador de condiciones para la inversión” como reza el credo neoliberal sino que es un actor interviniente también en los resultados y efectos de esas interacciones. En otras palabras, el Estado no aparece como un puro entramado pretendidamente neutral, sino que emerge (y sobre esto pivoteó buena parte del discurso kirchnerista desde 2003) como un productor de derechos que interviene en beneficio de los más desfavorecidos. Esta construcción, de la que CFK se hace eco y que mantiene un amplio anclaje en la ciudadanía pareciera ser lo que ha venido limitando al discurso de Cambiemos desde el 2015 a la actualidad. Es sintomático que a pesar de los diversos intentos por deslegitimar el lugar del Estado y privilegiar a otros actores a lo largo de casi dos años de gestión nunca hayan podido plantear de manera abierta y transparente (como sí ocurrió en otros momentos de la historia) la pretensión de reducir el Estado, viéndose en la necesidad de mantener políticas públicas del gobierno anterior y moderar el posicionamiento ideológico. A esa persistencia que opera como límite para los discursos disponibles es a la que Cristina echa mano para construir su posición…

Segundo, se ha señalado ya en varias oportunidad que la política se trata fundamentalmente de la construcción de un “pueblo” y para llevar a cabo esa tarea es necesario el establecimiento de un límite que distinga entre quienes pertenecen a ese “pueblo” y quienes quedan excluidos de tal construcción identitaria. En consecuencia, la política deviene en la disputa por el establecimiento de ese límite que se fija de manera arbitraria. Así, pareciera que habría al menos tres discursos que se están disputando tal fijación: en primer lugar el oficialismo plantea su frontera en torno a la dicotomía pasado-futuro. Los que no tienen lugar en la “nueva Argentina” en la “Argentina del futuro” que “se comprometió con el cambio” son quienes encarnan ese pasado plagado de corrupción, desmanejos e ilegalidades. Por su parte, el massismo sitúa su límite frente a los ricos y los corruptos, buscando fortalecerse en (esa cada vez menos) ancha avenida del medio. Finalmente, y este es uno de los puntos que nos interesan en esta columna, CFK estaría buscando reeditar una antigua frontera que durante mucho tiempo le redituó política y electoralmente al kirchnerismo enfrentándose al “neoliberalismo”. Recordemos los primeros años de Néstor Kirchner en el gobierno en los que logró aglutinar, tras de sí, una heterogeneidad de actores sociales cuya característica compartida residía en su oposición al neoliberalismo (organismos de derechos humanos, organizaciones piqueteras, amplios sectores gremiales, sectores internos al PJ, otros espacios políticos, etc.). La potencialidad de trazar el adversario en torno al neoliberalismo se sostiene en base a que es lo suficientemente ambiguo como para habilitar a una articulación amplia que nuclee a todos los sectores que defienden un proyecto nacional y popular, - independientemente del lugar específico de CFK. La ya vieja idea del Frente Ciudadano sugerida por la propia ex presidenta hace más de un año, parece inscribirse en este sentido. Como se ha señalado en este mismo espacio (http://consultorajwc.blogspot.com.ar/2017/05/notas-sobre-la-polarizacion.html), ganar en ambigüedad (aspecto clave para todo triunfo político) permite la incorporación y superación de la particularidad que puede significar CFK. En esa línea es que debe profundizarse el trabajo. En otras palabras, se trata de abrir los márgenes del kirchnerismo para inscribir sobre él una multiplicidad de luchas diversas que se enfrenten al neoliberalismo y simultáneamente disputen hacia dentro el significado de la experiencia vivida entre 2003 y 2015.

Por otra parte, hay un segundo movimiento que podría rastrearse en la entrevista de CFK que consiste en ir a disputar el clivaje que el propio macrismo pretende instalar. Esto es, reintroducirse en la disputa por quién ocupa el lugar de la novedad, quién encarna el nombre del futuro. Ese lugar en el que el macrismo aparece situado hace ya dos años es puesto en tensión por CFK en tanto su discurso anuda al actual gobierno a una serie de experiencias históricas que fracasaron o generaron crisis profundas (“Yo estas historias ya la viví y ya sabemos cómo terminan”). En otras palabras, lo que Cristina pone a jugar es que el macrismo es quien forma parte del pasado y no ella. Así, la discusión se reconfigura entre presente y futuro. Un presente angustiante, que incluye ajustes, caída del empleo y del consumo, paritarias cerradas a la pérdida y un futuro que debe (no volver a lo que el kirchnerismo hizo sino) profundizar y radicalizar aquel modelo de crecimiento y redistribución que en su momento encarnó CFK.

Este gesto que estamos destacando, para devenir en verosímil requiere que el espacio nacional y popular (cualquiera sea su denominación y sus candidatos), si tiene intención de resultar vencedor en el próximo proceso eleccionario, exceda lo que la propia ex presidenta denominó “estafa electoral”. Queremos decir, debe ser acompañado por una actitud que vaya más allá de sentarse a esperar que la ausencia de brotes verdes, la no activación del consumo y la pérdida del poder adquisitivo de las clases populares decanten por su propio peso en una estampida de votos a los candidatos de la oposición (de hecho la economía no arranca pero el oficialismo no cae en picada como muchos pretenden que ocurra). Es necesario como decíamos, ofrecer una opción de futuro, construir un horizonte novedoso, reactualizar la promesa de plenitud (que insistimos, trascienda lo puramente reivindicativo de la década anterior) a partir de la interpelación a sectores desencantados. Quien escribe estas líneas cree que hacia eso apuntan las declaraciones que CFK viene haciendo en el último tiempo, a disputarle el lugar del cambio y del futuro a Cambiemos. En este desafío, que puede resultar contranatura para muchos lectores, radica buena parte de las posibilidades del éxito electoral del campo nacional y popular, en su capacidad de interpelar a partir de ofrecer una aspiración positiva de futuro. En síntesis, la tarea es lograr conmover (como ya lo hizo muchas veces en los últimos años), no solo convencer argumentativamente, sino ofrecer una promesa, un horizonte que sea apropiable por muchos (por los que ya están pero también y sobre todo, por los votantes desencantados del macrismo), se trata de movilizar el deseo más allá de lo que alguna vez fuimos…

viernes, 19 de mayo de 2017

Notas sobre la polarización



Si el diagnóstico es que hay polarización y la misma avanza, la pregunta entonces es: ¿quién gana con la polarización? Ganan los dos, Macri y Cristina. ¿Ganan igualmente los dos? ¿A qué polo le conviene más polarizar? Y otra pregunta un poco más sutil: ¿De qué modo condiciona esa polarización a los polos? ¿De qué modo condiciona la forma que tienen estos polos el hecho de que la competencia esté polarizada?

Si uno revisa las encuestas hay un diagnóstico que empieza a generar cierto consenso: Macri parece haber encontrado su piso, su imagen parece haber caído al límite aparentemente y habría una recuperación y una estabilización en torno al 40% más  o menos en Provincia de Buenos Aires; y el otro dato es que Cristina habría llegado a su techo, en torno al 30% o 35% según quién mida y cómo se mida. Eso sería el dato, Macri llegó a su piso y Cristina habría llegado a su techo en términos electorales. Si esto es verdad, está claro que la polarización le conviene más al macrismo ya que es un buen dato haber encontrado el piso y no es un buen dato haber encontrado el techo. Así, la polarización pareciera que hoy empieza a rendirle frutos al gobierno. El gobierno a partir de esta estrategia parece que detuvo su caída, y si bien también favoreció al kirchnerismo y consolidó el liderazgo de Cristina, o mejor dicho, despejó las dudas en torno a su liderazgo; la polarización le habría servido (más) al gobierno.

¿Qué forma toma esta polarización? Ya es un lugar común. Mientras que el kirchnerismo intenta (tal como lo hizo en 2015) que esta polarización tome la forma de dos modelos sociales, económicos y político antitéticos. Uno populista y otro liberal. Uno progresista, a favor de las mayorías y otro neoliberal, de concentración de la riqueza. El macrismo intenta polarizar de otro modo y eso parece ser lo que se ha impuesto en estos días: polarizar entre el pasado y el futuro. Situar al kirchernerismo en el lugar del pasado y presentarse ellos (a pesar que ya son presente, continuar) en el lugar del futuro. Lo que le permitiría seguir ocupando aún ese lugar de “futuro” al gobierno tiene que ver con la efectividad de la idea de la pesada herencia. Todavía el gobierno no se pudo desplegar en su voluntad política como consecuencia de esa pesada herencia, por lo tanto todavía hay margen para tener expectativas y eso es lo que el gobierno pareciese querer despertar con la estrategia de la polarización.

Dadas así las cosas, ¿cuáles serías las posibilidades del kirchnerismo de romper con el techo? Que el kirchnerismo haya encontrado su techo quiere decir que el kirchnerismo está vinculado a algo que pasó, que ya sucedió, algo que ya pudimos conocer. Entonces, la capacidad de identificación, de interpelar, de movilizar, de un proyecto político que hizo una determinada cantidad de cosas ya encontró su techo, por lo que el kirchnerismo no puede seguir pretendiendo romper ese techo a partir de lo puramente reivindicativo. Seguir puramente reivindicando solo va a seguir movilizando a los ya movilizados. El kirchnerismo depende para poder romper con su techo hoy, de poder desprenderse en algo de lo que fue para poder representar algo más de lo que fue. Tiene que procurar despertar una expectativa de futuro. No puede ser puramente reivindicativo, porque esa lógica ya llegó a su techo.  En ese contexto hay que entender el “me excluyo de Cristina”. Cuando Cristina dice eso, dice me excluyo si es que mi nombre propio opera en esta lógica, si mi nombre propio es un impedimento para discutir al macrismo o para discutir lo que hay que hacer de ahora en más a partir del macrismo, si mi nombre propio implica un anclaje a lo que mi gobierno fue y nos vamos a pasar discutiendo y defendiendo lo que ya hicimos, entonces me excluyo. Cuando Cristina dice “yo me excluyo”, dice me excluyo como nombre propio que representa algo. Por lo tanto, la posibilidad de Cristina de seguir liderando el espacio va a depender de la capacidad de que su propio nombre represente algo más que su biografía individual. Recordemos, como ejemplo, las entrevistas que Filmus le hizo a los presidentes en 2009. En la entrevista a Chavez le preguntó algo así ¿cuáles fueron las cosas que más te costaron del poder? ¿Cómo se vio afectada tu vida? Y Chavez respondió que “una de las cosas que más me costó entender es que ya no me pertenezco, que Hugo Chavez ya no soy yo”.  ¿Qué quiere decir eso? Que Hugo Chavez ya no representa un individuo, una biografía, una historia concreta, sino que representa muchas más cosas. De eso depende la capacidad de Cristina hoy. Por lo tanto, la capacidad de representar ese sector de la oposición, que es la oposición es la capacidad de representar algo más de lo que estrictamente fue. De lo que se trataría es que la expresión “vamos a volver”, “que vuelva Cristina”, “que vuelva el kirchnerismo” se transforme cada vez, vaya perdiendo cada vez más su contenido literal, que no sea una vuelta al pasado sino que sea una metáfora, que sea el nombre de algo nuevo, no de algo pasado, de algo viejo, que ya sucedió.

¿Qué estamos viendo que está pasando en el kirchnerismo por estos días? lo que ha pasado en estos días es que se puso en evidencia que con el kirchnerismo solo no alcanza para ganar por ejemplo una elección presidencial porque ya está en su techo; pero lo que también está claro, y va a tender a fijarse con el paso del tiempo, es que la suerte de un proyecto popular en Argentina  está atada a la suerte de Cristina. Esto es, no puede haber un proyecto popular exitoso en Argentina en el contexto de deterioro de la imagen de Cristina, no puede pasar, no hay margen para ello. Si la figura de Cristina, la imagen de lo que el kirchnerismo cae en el absoluto desprestigio, los sectores y proyectos populares pierden toda capacidad de interpelar a las mayorías. 

Ahora apareció Randazzo, apareció sin aparecer pero apareció, hay muchos que hablan en nombre de él. Y de los muchos que hablan en nombre de él, hay uno que es Alberto Fernández. Este último que estaba en la oposición al cristinismo, que era un claro anticristinista, hoy dice sobre Cristina “yo no suscribo, yo reivindico al primer gobierno, estoy en contra del segundo, me parece que se cometieron errores y no creo que el kirchnerismo haya sido un plan sistemático de delincuencia” ¿Qué muestra eso? Que lo que va a empezar a pasar ahora dentro del peronismo (o del kirchnerismo, que son lo mismo) es que la figura de Cristina va a ir cobrando cada vez más ambigüedad y por lo tanto va a ir habilitando una pluralidad de posicionamientos, desde lo puramente reivindicativo (el militante de La Cámpora, el estereotipo) hasta un Alberto Fernández. Las formas de vincularse con ese liderazgo, las formas de vincularse con lo que el kirchnerismo fue van a ser cada vez más ambiguas a medida de que haya más apropiaciones singulares.

Otra cosa que se demostró en estas dos semanas es que por fuera del kirchnerismo no hay peronismo relevante. Ni en términos electorales, ni en términos de sujeto colectivo. Eso explica el éxodo de dirigentes. Hoy el massismo se está quedando sin peronismo, y (eso se va a acentuar) en la medida que el kirchnerismo dé más posibilidades para integrase ahí, dé más posibilidades de posicionarse de manera distinta frente a lo que el kirchnerismo fue (que la única alternativa no sea la pura reivindicación de todo).   Randazzo está dando todos los pasos que alguien que pretende transformarse en un líder progresista, populista, opositor tiene que dar. Esos pasos incluyen romper el propio techo y para eso hay que ganar cada vez más ambigüedad en términos de discurso, no ser puramente reivindicativo. Además, Randazzo tiene mucha legitimidad para hacerlo, porque lo último que le escuchamos decir es que Scioli era el candidato de las corporaciones dentro del kirchnerismo. Nunca hizo anticristinismo como si hicieron otros en el último tiempo. Por lo que, Randazzo tiene un lugar de relativa legitimidad y la capacidad de liderar va a depender de su capacidad de sumar. Si la mesa chica del kirchnerismo piensa sobre Randazzo lo que piensa Sabatella, se van a volver a equivocar, como ya se equivocó anteriormente.

Lo que estamos intentando mostrar es cuáles son las posibilidades a partir de la distribución ideológica de la ciudadanía, de lo que está pasando con los movimientos políticos al nivel de la ciudadanía y los electores. Recordemos, como nota de color, que también el peronismo siempre necesito de otros actores para construir mayoría. Desde el ’45 siempre fue así. Con los puros seguidores no alcanzó nunca para ganar una elección en Argentina.


Link a la columna: https://goo.gl/x5ZjPa