miércoles, 26 de abril de 2017

Pensando a Massa y al votante "medio"

Nos preguntamos con Andrés Daín por la suerte de Massa, ¿qué hay al medio de la polarización? ¿una calle, un pasaje, un abismo? Los votantes que la literatura politológica ha llamado “votantes medios” ¿están al medio? ¿al medio de qué?... Escucha la columna acá...



viernes, 14 de abril de 2017

Voto e igualdad en la era Macri


Es una obviedad decir, a esta altura del partido, que vivimos en sociedades donde el poder está distribuido de manera muy desigual. Sin embargo, todavía hay espacios sociales y prácticas públicas en las cuales persiste cierta idea de igualdad. Ejemplarmente, el voto es una institución y una práctica donde nos igualamos todos, esto aún es así. ¿O acaso el voto es una pura formalidad?, ¿de qué variables depende para que no sea una pura formalidad el acto de votar? Hay una amplia pluralidad de elementos identificables que influyen en este sentido, algunos más o menos formales que otro. Por ejemplo, que no haya fraude, que el que gane asuma su responsabilidad y el que pierde igualmente con su lugar de oposición.  Pero esto también depende de otras cosas que no pueden aprehenderse mediante leyes, que no se reglamentan, las cuales podríamos denominar “políticas”. Entre los  factores políticos que podríamos destacar, hay uno que resalta por su condición de ineludible: para que el voto no sea una pura formalidad, quien ganó tiene que poder gobernar, es decir tiene que tener el poder suficiente para gobernar. Desde este punto de vista, se podría pensar que todo gobierno se juega en un equilibrio complicado entre vincularse de algún modo con los poderes fácticos que ya están en la sociedad y legitimarse con la ciudadanía mediante el desarrollo de su propio proyecto de gobierno. Gobernar una democracia capitalista implica el hecho de poder moverse frente/entre esos poderes fácticos condicionantes,  por un lado, y por el otro, la gente, la ciudadanía y la construcción de la legitimidad política/popular. Todos los gobiernos están en esa tensión ¿Cómo podemos pensar el gobierno de Macri en esta tensión? Una respuesta que viene circulando es que “Macri gobierna para los ricos”, allí estaría contorneándose el lugar desde el cual se toman las decisiones. Quizás sólo se trate de eso, pero nos gustaría ofrecer otro punto de vista al respecto.
Si hiciéramos una nube de palabras con los principales discursos de Macri como presidente, seguramente aparecerían argumentos como “estamos haciendo lo necesario”, “estamos haciendo lo correcto”, “no existe un plan B”, “son decisiones difíciles, que nos duelen, pero…”. Al respecto cabría preguntarse, con toda legitimidad cuando se habla de “hacer lo necesario o lo correcto”,  ¿dónde y quién/es define/n qué es lo necesario, lo correcto?. Si no hay plan B ¿quién armó el plan A?  En este punto podemos afirmar, por lo evaluado en estos 16 meses, que el gobierno de Macri no abre el debate sobre qué es lo correcto, sobre qué es lo que hay que hacer. Es un gobierno con el cual no se puede abrir la discusión sobre porqué hay que bajar los salarios, achicar el gasto público, tomar estos niveles de deuda. En el mejor de los casos, la discusión que sí se habilita es en torno a cómo hacerlo, a qué ritmo realizar dicho plan, si gradualmente o de golpe. Pero ¿quién define esto? ¿quién escribe este guion? Es muy difícil definir quien/es, pero en cualquier caso, lo que hay que hacer no es discutible, no es politilizable. No es parte de la discusión pública y democrática.¿Quién puede definir una “correcta” política económica? para ellos algún magister de Harvard ¿Quién está capacitado para delinear una política energética? el CEO de una multinacional petrolera. De ahí la ceocracia de Macri.
Ahora bien, ¿cuál es la consecuencia de esta forma de argumentar y definir su política? La primera es que se achica la política,  es decir, se achican los espacios de política y, consecuentemente, devalúa el voto y los espacios de igualdad se reducen.
No es despreciable la hipótesis de que el voto se hace mucho más formal si sólo elegimos gobiernos cuyos proyectos políticos no se someten al debate democrático. No se trata de una simple retracción de la política y consecuentemente del Estado, esto también incide sobre la forma que toma el juego democrático-electoral. Si el lugar del gobierno es el de ejecutar un plan que se define en otra parte, si su función es determinar el cómo hacerlo y no el qué, el pragmatismo político los lleva a una suerte de vínculo cínico con la democracia.  Porque si el objetivo de un gobierno es el de ejecutar un plan, a como dé lugar, entonces hay que usar las estrategias comunicacionales y de marketing que sean necesarias para “vender” el plan a la ciudadanía: si hay que edulcorar, se edulcora, si hay que mentir, se miente.
Consecuentemente esto acarrea un conflicto con la ciudadanía, en tanto no se legitima el gobierno en el cumplimiento de sus promesas.  La ciudadanía se termina alejando de la política, y esto desemboca invariablemente en una crisis de representatividad.
Los muchos decepcionados del gobierno de Macri, algunos muy recientes, tienen su singularidad, que es un componente ideológico muy específico.  En ellos lo que decepciona, es una sensación que se expande: la sensación de que votamos para nada, que el poder está en otro lado y que ese poder somete al Estado. Algo mucho más peligroso, que enflaquese claramente el juego democrático y vacía de credibilidad a las instituciones de gobierno.
En conclusión, no es necesario entonces hacer futurología ni encuesta alguna, para afirmar que probablemente el macrismo, en su paso por la historia nacional,  no sólo va a causar un Estado más chico y despolitizado, sino también una sociedad más desencantada con la política.

miércoles, 5 de abril de 2017

Es una obviedad decir, a esta altura del partido, que vivimos en sociedades donde el poder está distribuido de manera muy desigual. Sin embargo, todavía hay espacios sociales y prácticas públicas en las cuales persiste cierta idea de igualdad. Ejemplarmente, el voto es una institución y una práctica donde nos igualamos todos, esto aún es así. ¿O acaso pensamos que el voto es una pura formalidad?, ¿de qué variables depende para que no sea una pura formalidad el acto de votar? Hay una amplia pluralidad de elementos identificables que influyen en este sentido, algunos más o menos formales que otro. Por ejemplo, que no haya fraude, que el que gane asuma su responsabilidad y el que pierde igualmente con su lugar de oposición.  Pero esto también depende de otras cosas que no pueden aprehenderse mediante leyes, que no se reglamentan, las cuales podríamos denominar “políticas”. Entre los  factores políticos que podríamos destacar, hay uno que resalta por su condición de ineludible: para que el voto no sea una pura formalidad, quien ganó tiene que poder gobernar, es decir tiene que tener el poder suficiente para gobernar. Desde este punto de vista, se podría pensar que todo gobierno se juega en un equilibrio complicado entre vincularse de algún modo con los poderes fácticos que ya están en la sociedad y legitimarse con la ciudadanía mediante el desarrollo de su propio proyecto de gobierno. Gobernar una democracia capitalista implica el hecho de poder moverse frente/entre esos poderes fácticos condicionantes,  por un lado, y por el otro, la gente, la ciudadanía y la construcción de la legitimidad política/popular. Todos los gobiernos están en esa tensión ¿Cómo podemos pensar el gobierno de Macri en esta tensión? Una respuesta que viene circulando es que “Macri gobierna para los ricos”, allí estaría contorneándose el lugar desde el cual se toman las decisiones. Quizás sólo se trate de eso, pero nos gustaría ofrecer otro punto de vista al respecto.
Si hiciéramos una nube de palabras con los principales discursos de Macri como presidente, seguramente aparecerían argumentos como “estamos haciendo lo necesario”, “estamos haciendo lo correcto”, “no existe un plan B”, “son decisiones difíciles, que nos duelen, pero…”. Al respecto cabría preguntarse, con toda legitimidad cuando se habla de “hacer lo necesario o lo correcto”,  ¿dónde y quién/es define/n qué es lo necesario, lo correcto?. Si no hay plan B ¿quién armó el plan A?  En este punto podemos afirmar, por lo evaluado en estos 16 meses, que el gobierno de Macri no abre el debate sobre qué es lo correcto, sobre qué es lo que hay que hacer. Es un gobierno con el cual no se puede abrir la discusión sobre porqué hay que bajar los salarios, achicar el gasto público, tomar estos niveles de deuda. En el mejor de los casos, la discusión que sí se habilita es en torno a cómo hacerlo, a qué ritmo realizar dicho plan, si gradualmente o de golpe. Pero ¿quién define esto? ¿quién escribe este guion? Es muy difícil definir quien/es, pero en cualquier caso, lo que hay que hacer no es discutible, no es politilizable. No es parte de la discusión pública y democrática.¿Quién puede definir una “correcta” política económica? para ellos algún magister de Harvard ¿Quién está capacitado para delinear una política energética? el CEO de una multinacional petrolera. De ahí la ceocracia de Macri.
Ahora bien, ¿cuál es la consecuencia de esta forma de argumentar y definir su política? La primera es que se achica la política,  es decir, se achican los espacios de política y, consecuentemente, devalúa el voto y los espacios de igualdad se reducen.
No es despreciable la hipótesis de que el voto se hace mucho más formal si sólo elegimos gobiernos cuyos proyectos políticos no se someten al debate democrático. No se trata de una simple retracción de la política y consecuentemente del Estado, esto también incide sobre la forma que toma el juego democrático-electoral. Si el lugar del gobierno es el de ejecutar un plan que se define en otra parte, si su función es determinar el cómo hacerlo y no el qué, el pragmatismo político los lleva a una suerte de vínculo cínico con la democracia.  Porque si el objetivo de un gobierno es el de ejecutar un plan, a como dé lugar, entonces hay que usar las estrategias comunicacionales y de marketing que sean necesarias para “vender” el plan a la ciudadanía: si hay que edulcorar, se edulcora, si hay que mentir, se miente.
Consecuentemente esto acarrea un conflicto con la ciudadanía, en tanto no se legitima el gobierno en el cumplimiento de sus promesas.  La ciudadanía se termina alejando de la política, y esto desemboca invariablemente en una crisis de representatividad.
Los muchos decepcionados del gobierno de Macri, algunos muy recientes, tienen su singularidad, que es un componente ideológico muy específico.  En ellos lo que decepciona, es una sensación que se expande: la sensación de que votamos para nada, que el poder está en otro lado y que ese poder somete al Estado. Algo mucho más peligroso, que enflaquese claramente el juego democrático y vacía de credibilidad a las instituciones de gobierno.
En conclusión, no es necesario entonces hacer futurología ni encuesta alguna, para afirmar que probablemente el macrismo, en su paso por la historia nacional, no sólo va a causar un Estado más chico y despolitizado, sino también una sociedad más desencantada con la política.