jueves, 27 de diciembre de 2018

Datos para combatir prejuicios






Los recientes datos sobre el escenario político nacional y provincial obtenidos por la consultora JWC pueden sernos de ayuda para desterrar al menos dos ideas bastante arraigadas en los últimos años en nuestro imaginario político. Ideas que se repiten sin demasiado rigor o testeo pero con la fuerza de las verdades reveladas. Nos referimos en primer lugar a una suerte de muletilla muchas veces enunciada a modo de chicana, “la Córdoba del 70% de Macri”, en referencia al porcentaje obtenido en el ballotage del 2015. Y en segundo lugar a la sentencia que reza que “el kirchnerismo en Córdoba es un espacio político marginal y está condenado a seguir siéndolo”. Ambos enunciados, que pueden ser pensados como dos caras de una misma moneda deberían al menos ser tomados con mucho cuidado a la luz de los números que nos ofrecen los sondeos recientes. Veamos…



Aprobación de gestión e imagen de Macri en Córdoba
Los números de Macri en Córdoba según esta medición giran en torno a un 36% de aprobación de gestión e igual porcentaje de intención de voto para las generales de 2019. Estos resultados se encuentran muy en sintonía con lo que otras mediciones le auguran a nivel nacional (véase los trabajos de Rouvier o CEIS). Es decir, Córdoba no le escapa a la media nacional y (por el momento) está lejos de asumir el lugar del bastión cambiemita que circunstancialmente ocupó en el ballotage 2015. Los números del presidente si bien no son decididamente malos, especialmente luego de tres años de gestión cumplidos y pocos logros que contar, tampoco son sobresalientes teniendo en cuenta que es un gobierno que aspira a ser reelegido en menos de doce meses. En otros términos, es una fuerza política competitiva, que no tiene garantizada su permanencia en el poder y de momento Córdoba se acopla a esa tendencia sin mayores diferencias. 
Por otra parte, la principal dirigente opositora, Cristina Fernández de Kirchner, escala a 22% de intención de voto en la provincia y proyectando indecisos alcanza los 27 puntos. Con una imagen positiva (sumando muy buena y buena-regular) que ronda los 39%, tenemos que la candidata de Unión Ciudadana se mantiene dentro de los niveles históricos que ese espacio ha cosechado en la provincia a lo largo de los últimos ciclos electorales (por ejemplo, está por encima del porcentaje de votos en primera vuelta obtenidos por Scioli en 2015 o los que ella misma logró en 2007 y todavía bastante por debajo de lo conseguido en las presidenciales de 2011). Si tomamos en cuenta la cantidad de votos que la provincia mediterránea representa y su consecuente peso electoral, esos porcentajes no son en absoluto despreciables ni mucho menos un dato que nos permita concluir en la marginalidad del kirchnerismo como espacio en Córdoba.



De cada 100 personas que lo votaron en el ballotage 2015, solo 57 dicen que votarían a Macri en las elecciones generales del 2019.
El mito del 70% muestra una vez más que es eso, un mito. Córdoba no está conformada por un 70% de macristas plenos, identificados con el proyecto cambiemita. Si bien ese núcleo duro existe, es decididamente más chico y en el 70% del ballotage estuvieron no solo ese grupo de votantes que podríamos considerar propios, sino también una pluralidad de sectores que coyunturalmente decidieron apoyar al cambio. Podría sugerirse que buena parte de esos adherentes circunstanciales son los que por diferentes razones (acaso desilusionados o arrepentidos) hoy no lo votaría en una general a pesar de haberlo hecho en el ballotage 2015 (43%) o no lo votaría en un posible ballotage 2019 a pesar de haberlo hecho en el ballotage del 2015 (28%). Así Cambiemos se configuró como un segundo óptimo para un universo bastante amplio de electores que parece difícil que retenga el próximo año (el antikirchnerismo como factor aglutinante ya no parece ser suficiente). La vara quedó muy alta y sería esperable que retrocediera de aquel histórico resultado.

Kirchnerismo tiene un veto del 55%.
La trillada cantaleta del techo bajo de Cristina ha tenido su versión vernácula en la docta. Esta ha consistido en insistir que el kirchnerismo en Córdoba no existe o es apenas un puñadito de votos. Sin embargo, más de una elección se ha encargado de poner en tela de juicio aquella afirmación y esta medición vuelve a hacerlo. Al consultar por un potencial ballotage la opción “Nunca la votaría” alcanzó con Cristina Fernández de Kirchner un 55% en estas tierras. Es un número alto, sin dudas, pero bastante alejado de los augurios terminales. En otras palabras, lo que también se está develando allí es que el verdadero techo del kirchnerismo en Córdoba no está en los 28 puntos de la segunda vuelta de Scioli en 2015, en los casi 10 de Carro en las últimas legislativas, ni siquiera en el 37% de Cristina del ya lejano 2011. El techo potencial del kirchnerismo está en realidad en torno a los 45 puntos y en consecuencia tiene aún mucho margen para crecer.
El núcleo duro del kirchnerismo aparece bastante consolidado (derivado del dato de que no hay prácticamente arrepentidos de haber votado a Scioli en 2015 que en consecuencia modificarían su voto en el 2019) reteniendo su base que de esta manera asume más la forma de un punto de partida firme antes que un techo infranqueable. Dicho de otro modo, el punto no está en que Córdoba sea completamente refractaria a una propuesta nacional y popular, no hay datos duros para suponer tal cosa, sino en que hay que ofrecerle los nombres y los matices adecuados para que dicha alternativa crezca (los números que se aprecian para Pablo Carro no son nada desalentadores en este sentido). El kirchnerismo lejos de ser necesariamente marginal, tiene potencial para ocupar un lugar expectante en la plaza. Las cartas no están echadas.



La propiedad de la hibridez.
Finalmente, los números relevados en Córdoba otorgan una ventaja relativamente importante para la gestión provincial que supera en más de 10 puntos a los principales aspirantes opositores. De todas maneras, lo interesante en este punto no es tanto la parcial tranquilidad que esto debería otorgarle a los ocupantes del Panal sino el cruce entre los votantes de Schiaretti y sus preferencias electorales a nivel nacional. Lo curioso (o no tanto) es que entre los votantes del actual gobernador hay un 34% que votaría a Macri, un 26% que votaría a Cristina y un 19% de indecisos (un reparto todavía más parejo se reproduce al cruzar con los votos en ballotage). ¿Qué nos dice este cruce y sobre todo los porcentajes distribuidos de forma más o menos homogénea entre las opciones? En primer lugar, refuerza algo que la literatura politológica viene detectando hace tiempo como es que las batallas electorales no son juegos anidados sino que tienen un alto nivel de autonomía y en donde la oferta partidaria no se ordena de manera análoga en todos los niveles y mucho menos reproduce resultados. En segundo lugar, da sentido a la decisión de los gobernadores (entre ellos el propio Schiaretti) de alejar la fecha de las elecciones provinciales de las presidenciales para evitar la contaminación o en términos estrictos la nacionalización. En el caso puntual de Córdoba ¿Cómo jugar en un escenario en que mis propios votantes están distribuidos en cantidades parecidas entre el oficialismo nacional y su principal antagonista? ¿Cómo construir un discurso que se diferencie de un oficialismo nacional (con el cual se tiene una más que excelente relación) sin quedar en la vereda de su principal opositor (con el cual no quiero tener nada que ver)? Ante ese tipo de interrogantes lo más útil parece desdoblar lo máximo posible, resolver el frente interno y luego (en el caso de que salga bien) negociar con los candidatos nacionales desde la tranquilidad del triunfo. Y tercero, pone en evidencia el carácter híbrido de muchas provincias y fundamentalmente de Córdoba. Lejos de ser una provincia amarilla, Córdoba es fundamentalmente híbrida. La ciudadanía vota en cada instancia de forma diferente, produciendo resultados que desde una mirada que aspira a una coherencia absoluta resultan difíciles de explicar. Así, es que se pueden encontrar votantes kirchneristas a nivel nacional que votan a Schiaretti o votantes de Macri que también votan al actual gobernador teniendo opciones cambiemitas en la plaza. En ese marco Unión por Córdoba ha sido lo suficientemente astuto y ambiguo en su accionar político como para mantener esos apoyos que a nivel nacional se dividen. En ese fino equilibrio es que juega y por ahora parece no caerse. No es tiempo de purezas, es la hora de la hibridez.