martes, 23 de julio de 2019

Efecto campaña en el macrismo





Empezó la campaña, oficialmente, y eso cambió un poco el estado de ánimo en la opinión pública. Hace un tiempo, cuando leíamos en las encuestas la caída del macrismo, decíamos que había que esperar el arsenal comunicacional para evaluarlo en su justa medida. Hoy estamos en ese proceso y lo cierto es que desde que empezó la campaña el oficialismo tuvo una leve mejora en las encuestas de voto. 
Al ver algunos spots de campaña de Macri, a primera vista, resalta una notable desproporción entre cómo se cuentan los logros de gestión de estos cuatro años y la realidad. Una desproporción entre lo que realmente pasa y cómo se cuenta: obras que son pequeñas, casi insignificantes, parecen cobrar mucha importancia en la medida que, para el macrismo, la historia argentina es una historia de fracasos. 
Venimos de años de fracasos, ese es el mensaje oficialista. De hecho, hay un spot cortito que parece hecho con cámaras de celular donde hay muchas voces que repiten: “años”, “años esperando”, “años que no se hacía el cordón cuneta” “años en que no se hacía una rotonda”, “años en los que no se asfaltaba una calle”. Según este relato venimos de una historia de fracaso tras fracaso, de la cual el peronismo bajo su forma peronista/ populista/ kirchnerista es el principal responsable y parece ser que Buenos Aires es un hecho palpable de eso. De hecho, en otro spot, la gobernadora Vidal dice “Buenos Aires es una historia de abandono”. Entonces, según este relato que construye el macrismo de nuestra propia historia, en la medida que venimos de una historia de fracaso, cualquier cosa cobra relevancia por el simple hecho de que nunca se hizo. Por lo tanto, en ese contexto, se justifica comunicar cualquier obra por más insignificante que sea. 
Además de eso, hay otro efecto fundamental, sobre lo cual versan buena parte de los spots, que es el carácter fundante del macrismo. El macrismo en su insignificancia, paradójicamente, se sitúa como una bisagra en la historia argentina. ¿Por qué? Porque está haciendo cosas, por más sencillas, simples y pequeñas que sean. Cosas que nunca se habían hecho en la historia y que, según este relato, explicaban en buena medida nuestros fracasos. Es, supuestamente, ahora, en el verdadero cambio, cuando finalmente se hacen. Es ahora que se hace lo correcto, es ahora que se hace lo que se habría que haber hecho desde hace décadas, es ahora que se dice la verdad, es ahora que se reconocen las dificultades… De este modo el macrismo se presenta como una bisagra de nuestra propia historia. Ese “ahora” es su carácter fundante. Venimos de una historia de fracasos pero ahora estamos frente a una bisagra. Somos un fracaso pero a la vez tenemos un gran futuro por delante, lo cual parece una contradicción más que una paradoja. 
¿Y cómo es que esto es posible? Porque ahora hay argentinos dispuestos al sacrificio, dispuestos al esfuerzo, que por eso votan al macrismo bancando que no haya resultados positivos a la vista. También ahora hay una clase dirigente dispuesta a hacer lo que hay que hacer. Pero lo importante no es lo que hacen los dirigentes, sino el sacrificio de los argentinos que le dan su apoyo, allí “la unión de los argentinos es algo imparable”. 
Sobre esto es importante destacar dos cosas. Una, que esta lectura es fácticamente errónea, al menos en lo que respecta al desarrollo de la obra pública durante los gobiernos peronistas, especialmente los de Néstor y Cristina. Otra, que hay que prestar mucha atención a cómo opera en el sentido la identidad “argentinos” pegada al sacrificio de votar a Macri. Y como la argentinidad se tiñe de enojo. Hay un electorado “despolitizado” que suceptible de enojarse, a ese electorado le habla el oficialismo.  Aunque cabe destacar que según el atlas ideológico de Daniel Scheteingart el mensaje libertario también contiene una alta cuota de enojo ya que sus electores “mayoritariamente creen que Argentina es una mierda” .
Para concluir, la novedad que la comunicación de campaña vino a aportarle al macrismo es afectiva, no política. Adherir al macrismo es tan fácil como lo es experimentar enojo con razón (certezas, no argumentos, mucho menos pruebas). Enojarse es fácil y el enojo prende mejor si además es de “argentinos” sentirse así. En los noventa ser argentino era ser “boludo”, y el boludo, cansado de que lo boludeen votaba a De La Rua, un hombre serio, de valores. Hoy, para el macrismo, ser argentino es enojarse por décadas tras décadas de fracasos, pero también es enojarse por la “realidad” y poner la responsabilidad de la situación actual en el oponente, mientras que de su lado solo hay sinceridad y buenas intenciones argentinas. Ser macrista es, en síntesis, ser reaccionario con convicción nacionalista. 
Y como no hay argentino que no quiera ser argentino, por eso, nos animamos a sostener que la comunicación de Juntos por el cambio es una suerte de trampa en tanto que lleva al elector a la madriguera del odio vía la identidad argentina. Además, la comunicación de campaña le permite al macrismo saltar el cerco del antiperonismo hacia un novedoso nicho de electores. Todo eso explica, quizás, cierta mejora del oficialismo en las encuestas, a partir de la activación de un afecto irresistible con la campaña de provocación en despliegue. También explica, quizás, que sea posible que haya lugar a la derecha de Macri.

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