domingo, 20 de septiembre de 2020

Salta, la fase 1, y la crisis de mortalidad de 1919




Salta Capital y toda su área metropolitana, además de una parte del norte de la provincia, vuelven al aislamiento social preventivo y obligatorio (ASPO) como indica el DNU 754/2020, a partir de este lunes 21 de septiembre. El COE provincial informó el viernes pasado que en varios departamentos (actualmente Capital, Rosario de Lerma, Cerrillos, La Viña, Chicoana, Güemes, La Caldera, Orán y San Martín), entre ellos los más poblados de la provincia, la situación es muy crítica, y eso puede extenderse a toda la provincia en cuestión de días. La ocupación de camas de terapia intensiva se encuentra a la fecha cercana al 90%. El personal de salud es limitado, hay entre las y los profesionales de salud muchas licencias por contagios y el número de muertes viene creciendo.

Es un dato de la realidad que la pandemia avanza y azota las tierras de Güemes, y lo hace afectando principalmente a los más desprotegidos. No es la primera vez que una enfermedad arrasa y deja al descubierto la desigualdad, la ineficiencia del sistema sanitario y las grietas sociales existentes en Salta. En 1918 y 1919 hubo otra pandemia, de la llamada gripe española, y en aquel entonces Salta se caracterizaba por la fragmentación social, con una muy profunda desigualdad. Se podía hablar de una composición dual de la sociedad: por un lado, existía un grupo minoritario de élites dueñas de las tierras, de la administración del comercio y de los medios de producción en general; por otro, una mayoría de la población pobre y servil. Había además cierta presencia de inmigrantes recientes pero que representaban una proporción menor de la población, sobre todo en comparación al centro del país, y grupos dispersos en el territorio pertenecientes a diferentes pueblos originarios. Existían una gran cantidad de padecimientos epidémicos y endémicos, por lo cual las tasas de mortalidad en general, y en especial la infantil, eran altas. En 1919 los padecimientos se agravaron mucho más aún, a las epidemias y endemias se sumó la segunda oleada de la pandemia de gripe española generando una crisis de mortalidad (A. Carbonetti, Gómez, Torres; 2013)[1]Cuando confluye la gripe española con una serie de enfermedades como el paludismo, la peste bubónica, fiebres acompañada de lesiones en la piel y una diversidad de otras enfermedades infectocontagiosas (tuberculosis, gastroenteritis, etc.), se generó una crisis de mortalidad; esto es, un fuerte aumento de la tasa de mortalidad por encima de la habitual con un consecuente desplome de la tasa de crecimiento vegetativo hacia valores negativos[2]. Hubo entonces una reducción sensible de la población, murieron sobre todo niñas, niños, ancianas y ancianos.

Como hoy sabemos gracias a los estudios históricos y sociales sobre el tema, la principal causa de la alta mortalidad en 1919 en la provincia de Salta fue la introducción de la gripe española. Sería particularmente pertinente reflexionar hoy sobre los factores que permitieron en aquel momento el crecimiento desbordado de contagios. Recordar el pasado para corregir el presente.
 
A principios del siglo 20 en Salta las élites económicas tenían total control del Estado provincial, a la manera de gobiernos de familia. La producción azucarera, entre otras prácticas terratenientes como la minería y la ganadería, le daban a estas élites la oportunidad de acumular grandes fortunas y acaparar todos los beneficios políticos. En esta época, la provincia aún conservaba algunas cualidades de región de tránsito mercantil, pero transitaba una etapa de desplazamiento del flujo comercial hacia Buenos Aires y el Atlántico, lo cual la transformaría en una provincia de frontera, periférica, aislada en términos económicos y de infraestructura. Este nuevo esquema restringido, que se fue imponiendo en términos de la distribución de la riqueza, implantado en una sociedad excesivamente conservadora y tradicional, generó, además del aislamiento paulatino, una fuerte desigualdad social con impacto tanto en la educación (más de la mitad de la población era analfabeta) como en la salud. El sistema sanitario de aquel entonces era prácticamente “medieval”, sumamente insuficiente para la gran diversidad de enfermedades que debía atender. Según los testimonios de la época, la alta mortalidad infantil alcanzó a representar el 45% del total de defunciones[3]. A principios de 1919, el periódico Nueva Época denunciaba la preocupación por la alta mortalidad infantil asociada a un brote de peste bubónica y su avance en Chicoana, La Merced, Cerrillos y Rosario de Lerma (Nueva Época, 17/01/1919). En la noticia se exponía que la enfermedad había ingresado a mediados de diciembre del año anterior provocando una gran cantidad de muertes, y se alertaba que las y los enfermos se encontraban desamparados de toda asistencia médica, sin vacunas ni sueros. Las instituciones eran escasas y no podían atender a toda la población, por lo cual los privilegios políticos económicos y sociales daban ventajas a los sectores altos de la sociedad en el acceso a la atención médica, mientras morían quienes padecían de falta de alimentación y de deficiencias en las condiciones y hábitos de higiene, en particular, niños y niñas de hogares pobres (Nueva Época, 05/02/1919). Con el ingreso de la gripe española, a mediados de año, la situación empeoró mucho más y la mortalidad tuvo un crecimiento súbito[4].
 
La gripe española ingresó al país en 1918, su primera oleada ocasionó ese año una mortalidad no habitual para la época, en términos de muertes por gripe, de 2.237 muertos, en el cual la participación de Salta fue del 6% de los casos, es decir alrededor de 130 decesos. El año siguiente, el de la segunda oleada, la mortalidad por gripe en la Argentina se multiplicó por 5 y dejó un saldo de 12.760 muertes. De este total, unas 1.706 muertes fueron en Salta, el 13,3% del total nacional siendo que la provincia apenas contenía el 1,8% de la población del país[5]. Es decir que la mortalidad por gripe en Salta se multiplicó por 13 de 1918 a 1919, al punto de que en 1919 tuvo el valor relativo de mortalidad por gripe más alto de todo el país: 121 cada 10.000 habitantes, en contraste con lo que ocurría por ejemplo en Buenos Aires, donde se registraron apenas 4 y 7 decesos por gripe cada 10.000 habitantes en la ciudad y en la provincia respectivamente ese mismo año. A su vez, según la Dirección General de Estadística de la Provincia de Salta, la tasa de mortalidad total (no sólo por gripe) en la provincia tuvo en 1919 un crecimiento muy significativo, creció un 58% con respecto al año anterior, siendo ya alta en 1918: pasó de 26 cada 1.000 a 41 cada 1.000 habitantes. Esto quiere decir que en 1919 falleció el 4,1% del total de la población salteña, una de cada 24 personas. Este notable incremento de la mortalidad total, sumado a la carencia de médicos y la falta de instituciones sanitarias, hacen verosímil suponer que la gripe impactó en la mortalidad de la población aún en mayor medida de lo que expresan los datos oficiales.
 
La mortalidad de la gripe española empezó a crecer en el mes de mayo de 1919, al punto de que se estima que en ese mes el 60% de las muertes en la ciudad de Salta habrían sido consecuencias de la gripe (Nueva Época, 03/06/1919). Habría comenzado en los cuarteles, y rápidamente se trasladó y se ensañó con la clase pobre de los suburbios de la capital y del interior donde las condiciones de vivienda facilitaron mucho su propagación. Pese a la solidaridad de los médicos, que según testimonios de la época atendían gratuitamente a quienes no podían pagar la atención, la crisis de muertes fue en algún punto infranqueable; la falta de asistencia y de insumos para el tratamiento son parte de la explicación[6]. En algunos puntos del interior de la provincia la situación fue catastrófica: la disminución de la población de Chicoana fue significativa, en Orán hubo cadáveres insepultos durante semanas (Nueva Época, 04/06/1919), en San Antonio de los Cobres (en ese entonces capital del Territorio Nacional de Los Andes) se enfermaron 4 de cada 5 personas (Nueva Época, 07/05/1919). La tasa de sobremortalidad (definida como el exceso en la mortalidad total del año 1919 en relación a la mortalidad promedio del período 1917-1921) fue mayor en los departamentos pobres del interior salteño, especialmente aquellos ubicados en la zona oeste de la provincia, los cuales eran departamentos con escaso desarrollo económico y con una economía de subsistencia para la mayoría de la población, con las mayores tasas de analfabetismo y en los cuales prácticamente eran inexistentes las instituciones y médicos a los cuales acudir. El departamento de San Carlos, en los valles calchaquíes, fue el que más sobremortalidad tuvo; se triplicó la tasa en relación con la mortalidad promedio, llegando a 60 cada 1.000 habitantes (una sobremortalidad de 39 cada 1.000, DGEPS; 2012), lo que indica que el 6% de la población, uno de cada 17 habitantes, falleció ese año. Otros departamentos con muy altos índices de sobremortalidad, aquí expresados cada 1.000 habitantes, fueron Santa Victoria (30), Cerrillos (31), Molinos (28), Cachi (27), La Viña (24), Guachipas (20) y Campo Santo (21, hoy departamento General Güemes). En los 5 primeros departamentos de esta lista la mortalidad de 1919 fue el doble o más que la mortalidad promedio.
 
Por otro lado, además de las condiciones de pobreza de la mayoría de la población, es importante destacar que la reacción social que hubo frente a la pandemia de la gripe española también fue un factor impulsor de los contagios. Al igual que en la actualidad, donde parte de la sociedad reacciona frente a la expansión de la enfermedad covid-19 desafiando las recomendaciones médicas y atacando las medidas propiciadas por la autoridad gubernamental tanto nacional como provincial, congregándose en marchas anticuarentenas organizadas por la oposición política desde la redes sociales, en 1919 también hubo manifestaciones populares contra las medidas que desde los sucesivos gobiernos se pretendían imponer a los fines de combatir la propagación de la epidemia. Estas manifestaciones, entonces como hoy, finalmente contribuyeron a la propagación de la enfermedad. En aquel momento, la mayoría de las manifestaciones sociales en Salta fueron procesiones religiosas (Carbonetti, Rivero, Herrero; 2014)[7] pero también reuniones sociales organizadas por las élites. Los sectores altos de la sociedad salteña pensaban que la gripe española no los podría alcanzar por su estatus social, mientras que la iglesia, que cumplía un rol político central, y sus fieles, seguían recurriendo a viejas prácticas como formas de protección frente a la enfermedad a partir de atenuar la ira divina[8]. Estas manifestaciones fueron en su mayoría abiertamente en contra de las medidas que imponían los gobiernos, y se convocaban desde la prensa sin que hubiera ningún tipo de represalia. Como plantean Carbonetti, Rivero y Herrero, toda epidemia es un hecho disruptivo, y no en términos estrictamente biológicos[9]. Comienzan a sucederse determinadas acciones sociales que impactan en la vida cultural, económica y política, detonando una ruptura en la cotidianeidad que es además potenciada por las medidas que desde el Estado se imponen para combatirla. En palabras de estos autores, si bien la epidemia en sí misma genera una crisis a partir del temor que origina en la población, el desequilibrio se acentúa en el marco del desarrollo de políticas públicas tendientes a luchar contra la dolencia y de respuestas sociales frente a ellas[10].
 
Hoy, Salta enfrenta el desafío de aprender de su historia para no hacer de este hecho disruptivo una nueva crisis de mortalidad como la sucedida en 1919. Entender la dimensión del riesgo no solo depende de tener memoria histórica sino también de conocer el presente: la pandemia de covid-19 ingresó a la provincia en un escenario sanitario complejo. Si bien la situación no es idéntica a la de hace un siglo, ya que algunas enfermedades (como la peste bubónica o la tuberculosis) ya no tienen brotes endémicos, y el sistema sanitario ya no es arcaico pues hubo lo que se denomina una transición epidemiológica, prevalecen otras enfermedades cuya superposición a la nueva pandemia incrementa el riesgo de vida, ya sea por falta de atención o por comorbilidad. Repasemos algunas situaciones actuales. A principios de mayo de este año, cuando la circulación de covid-19 empezó a crecer en la provincia, se informaron más de 5.100 casos de dengue[11] en lo que iba del año. Además de ello, otras infectocontagiosas como paludismo, cólera, salmonella, entre otras, están lejos de ser erradicadas y han mostrado mayor prevalencia en los últimos cuatro años. La vacuna contra la gripe A empezó a ser colocada masivamente recién en abril de este año, pese a que la enfermedad llegó en el 2009, y la campaña de vacunación está lejos de cubrir el total de la población de riesgo. Se suman al cuadro de situación los problemas propios de la pobreza - la desnutrición, la falta de acceso al agua, malas condiciones de hábitat, etc. -; como también la fuerte incidencia de enfermedades crónicas no transmisibles (ECNT) en la población general. En octubre del 2019, es decir 6 meses antes de que se introduzca el covid-19 en Argentina, el INDEC informó que el 32% de los hogares salteños son pobres, y la indigencia llegaba por entonces al 8% de la población provincial, cifras que superan ampliamente la media nacional. A la fecha, además, según los medios locales, la cifra de niñas y niños muertos por desnutrición superan los 35 casos reportados en lo que va del 2020. Así mismo, según la 4ta encuesta nacional de factores de riesgo (2018), cerca del 28% de la población provincial de entre 5 y 65 años tiene precondiciones de salud regular o mala a causa de las enfermedades crónicas no transmisibles.
 
La yuxtaposición de factores como un sistema sanitario escasamente previsto para darle combate a la pandemia del covid-19, un sistema político provincial que improvisa en la aplicación de medidas, una sociedad escindida en lo social tanto como en lo económico y en la cual sobresalen las marchas de intolerancia política en contra de las medidas públicas de cuidado, y sumado a la preexistencia de otras epidemias y endemias, todo esto en conjunto describe un estado de situación socio-político y sanitario sumamente delicado. Lo cual permite inferir que las y los salteños enfrentan fehacientemente la amenaza de atravesar próximamente una catástrofe como lo es una crisis de mortalidad. Crisis así, por covid-19, ya sucedieron en lugares como Lombardía, Guayaquil, Lima o Manaos, por mencionar solo algunos. Por lo tanto, si se espera mitigar esta crisis en puerta, la respuesta social deberá ser de ahora en más inquebrantable y unívoca: respetar las medidas recomendadas, permanecer en aislamiento el mayor tiempo posible y reclamar con firmeza urgentes medidas sanitarias, como un aumento de la cantidad de personal médico en áreas donde hay circulación viral, provisión de un mayor número de camas, y ambulancias para asistir a los casos que presentan síntomas de mayor gravedad. De lo contrario, la crisis de mortalidad de 1919 dejará de ser una experiencia olvidada para ser el antecedente más cercano de un presente insoportable.
 
           
    
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

[1] A.C.A. Carbonetti, N. J. Gómez, V. E. Torres; La gripe española y crisis de mortalidad en Salta, Argentina.
A principios del siglo XX - Revista HistoReLo; Vol.5, No.10/julio-diciembre 2013; ISSN: 2145-132X              
[2] Ídem
[3] Araoz, Ricardo. 1916. Consideraciones sobre las estadísticas demográficas de Periódico La Prensa, 17 de mayo de 1919 en la provincia de Salta. Salta: Escuela Tipográfica del colegio Salesiano “Ángel Zerda”.
[4] Ídem 1
[5] Tercer Censo Nacional, 1914.
[6] Ídem 1
[7] A.C.A. Carbonetti, M.D. Rivero, M.B. Herrero; Políticas de salud frente a la gripe española y respuestas sociales. Una aproximación a los casos de Buenos Aires, Córdoba y Salta a través de la prensa (1918-1919) - Revista Astrolabio, Nro 13, 2014
[8] Ídem 8
[9] Ídem 8
[10] Ídem 8
[11] https://www.pagina12.com.ar/266785-los-casos-de-dengue-en-salta-casi-duplican-la-campana-anteri


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